Paz Martínez- Urdidora de versos

Algo siempre se mueve cuando los versos conspiran. Carlos Attadía.

Voyerista – por Jaime Lafuente Tari (Alicante)

Se levantó a las cuatro de la mañana como de costumbre. Necesitaba media hora para llegar andando arriba, al otro lado del pueblo donde se encontraba el rebaño. Llegó, entró en el cobertizo donde tenia la ropa vieja para cambiarse y se desnudó. Antonio era un hombre de los que cuesta creer que de joven hubiese sido guapo. Le quedaba poco pelo en la cabeza y mucho en el resto del cuerpo, un cuerpo ya con más barriga que culo. El sol había creado en la piel de su rostro unos surcos de los que recuerdan las épocas de sequía. Pero era cierto, Antonio de joven era guapo. Todavía conservaba unos bellos ojos azul intenso.
Salió sin vestir, se lavó la cara y el torso. El agua fría de la mañana le revitalizaba y le hacia sentirse más vivo, los sentidos se le despertaban, podía oler tanto las flores silvestres del campo, como el que desprendían las cabras, olor que a Antonio no le parecía en absoluto desagradable, era el olor a lo cotidiano. Entró de nuevo al cobertizo y acabó de vestirse. También como todas las mañanas ordeñó a Úrsula, la cabra con las urbes más generosas del rebaño. Con la leche se preparó el desayuno y se sentó junto a los primeros rayos de sol, sintiéndose el hombre mas feliz del mundo. Aquella mañana de mayo, fresca y soleada, con el campo todavía verde por las lluvias de abril, sintió que alguien le observaba. No oyó nada, pero sin saber porqué, tuvo la certeza de que alguien estaba allí. Miró a su alrededor, se levantó y dio una vuelta al cerco, pero no vio a nadie. Se quitó el pensamiento de la cabeza y sacó el rebaño para que pastara en el prado que quedaba más cerca, arriba en la colina. Era un lunes, Antonio nunca sacaba a pastar las cabras en fin de semana, siempre se tropezaba con algún amante de la naturaleza que le contaba lo mal que se vive en la ciudad y como le gustaría vivir en el campo. Antonio no soportaba tanta simpleza.
Era las ocho cuando llegó al prado. Se sentó en el suelo todavía húmedo por el rocío de la mañana. Se tumbó y miró al cielo, un cielo tan azul que no cabía otro color. Se descalzó. Empezó a recorrerle por el cuerpo una sensación de calor, la sangre se le empezó a acumular entre las piernas. No se atrevió a quitarse los pantalones. Lo haría, se los quitaría, se masturbaría y se correría sobre la hierba. Se metió la mano por dentro de la camiseta, se acarició como le hubiese gustado que lo hiciera una mujer, una mujer con una mano más suave que la suya, una mujer para abrazarla, tocarla, besarla. Una mujer para explorar su cuerpo, su pelo, sus senos, sus nalgas, su pubis. La erección llegó a su punto máximo. Se quedó quieto. Para Antonio éste era un estado perfecto. Notó una sensación húmeda en la oreja. Dudó si era real o parte de su imaginario erótico. Se giró. Era Úrsula que venía a romper el encanto. Le hubiese gustado ver la compañía que había creído tener.

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