Paz Martínez- Urdidora de versos

Algo siempre se mueve cuando los versos conspiran. Carlos Attadía.

Vino a las Doce – por Mireia Cano Padilla (Lleida)

Siempre he sido un chico introvertido, con pequeños sueños que no tenia miedo a aventurarse en la gran ciudad, pero, elegí mi pueblo y mis tradiciones como forma de vida. Se intuía una época mala para el albergue, después de un verano muy activo y con gran afluencia de aventureros se abría paso Octubre, un mes con poca actividad. Como cada mañana después de un buen café y una tostada, empecé a organizar la previsión de todo el mes, fue entonces cuando entró por la puerta un chico alto, con barba de tres días, vestido con un pantalón beige y camisa azul marino y con una maleta que podía intuirse sería para varios días. Se acercó y con una voz serena y ronca me dijo que se llamaba Arturo y tenia una reserva para esa semana. Lo sentí, sentí aquellos nervios que te recorren de abajo a arriba, desde la punta de los pies hasta la cabeza y sentí como mi pantalón empezó a ponerse más tenso por debajo de mi cintura. Le di su llave, me sonrió y desapareció tras dejar un aroma sensual que quedo impregnado en mi. Arturo, en su primera noche en el albergue, decidió bajar sobre las 22:00 a cenar, cuando la cocina estaba cerrando y el comedor vacío, solo quedó él, con una luz tenue, su copa de vino tinto y su aroma embriagador. Me pidió que me sentara con él, para agradecerme la hospitalidad y me comentó, que harto del ritmo que llevaba, había decidido hacer un alto en el camino para reorganizar su vida. Como un niño de tres años no podía dejar de escucharle, embobado el corazón cada vez latía más rápido, me pidió que le acompañara con una copa de vino y así lo hice, poco a poco y sin darnos cuenta estábamos más cerca. Nuestros ojos se cruzaron y apenas un segundo después sus labios estaban pegados a los míos y su lengua intentaba hacerse camino. Me agarró fuerte el pelo con sus grandes manos para asegurarse que no podía escapar de aquella tensión tan sensual que habíamos creado. Arturo estaba despertando en mi aquello que nunca creí que un hombre podría hacer. Cogió mi mano, apagamos las luces y fuimos hasta la despensa, donde con la mayor delicadeza del mundo empezó a quitarme la camiseta, mientras no dejaba de darme besos por todo el cuello, en ese instante pude sentir como mi corazón se transportaba por el interior de mi cuerpo hasta mis zonas mas oscuras. Paró, me miró a los ojos y me dijo que esa noche iba a hacerme suyo, continuó desabrochando cada uno de los botones de mi pantalón, que se encontraban pidiendo a voces que les liberarán. Me bajo los pantalones, me dio la vuelta y se dispuso a embestirme con todo su ser. Fueron miles las sensaciones, un placer inexplicable recorría mi cuerpo en cada embestida, hasta que se dejo ir dentro de mi. Fue entonces cuando comprendí lo que llevaba oculto en mi interior, esa noche , gracias a mi amor rural, comprendí lo que daba sentido a mi vida.

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