Paz Martínez- Urdidora de versos

Algo siempre se mueve cuando los versos conspiran. Carlos Attadía.

Una Tarde Acalorada – por María Rosario Anadón Pérez (Zaragoza)

Corría el año 2000 con mis quince años y las hormonas alborotadas como cualquier adolescente.
Una de mis diosas era Carmen, unos años mayor que yo. A veces, su visión bajo la ducha, antes de entrar o al salir de la piscina, me impedía durante unos minutos salir de ella. Era como descubrir a Venus naciendo de las aguas, siendo yo un pez que boqueaba en el aire sin poder respirar.
Una tarde, paseando distraído por la salida del pueblo, la descubrí entrando en una de las casetas abandonadas que se utilizaban, a veces, como peña.
Sorprendido, la seguí.
La puerta entreabierta me dejó ver que quien la esperaba era Luis, su mejor amigo; y no era precisamente su pareja de toda la vida.
Sus besos eran intensos, desesperados, como es el hambre de un náufrago en una isla desierta. Unas gotas mojaron mi calzoncillo.
El pantalón me apretaba igual que a ellos les sobraba la ropa. No tardaron en quedarse desnudos mientras mi hermana pequeña empezó a respirar el aire del campo.
Sus cuerpos, brillantes por el sudor, hablaban de un deseo irrefrenable de caricias. Los gemidos salían de la boca de ella cada vez que Luis se sumergía hacia sus profundidades y tiraba de él en busca de besos más intensos. Luis sonreía cada vez que lograba resistirse volviendo a su presa.
Mi respiración comenzó a agitarse a la vez que lo hacían ellos viviendo en su mundo. Iniciaron el lento vaivén de caderas que bailaban al unísono. El ritmo aumentó, intenso, disfrutaron cada uno de sus empujes aferrándose el uno al
otro, sin soltarse. Yo hacía lo mismo en mi soledad. Terminé antes que ellos, en silencio, y me fui antes de que me pillasen, aunque les oí gritar antes de alejarme lo suficiente, alborotándome de nuevo.
Por la noche, Carmen se acercó a mí en mitad de la verbena.
—Has sido un chico muy malo esta tarde… —me susurró, traviesa, al oído.
Mi cuerpo respondió al instante y, con las mejillas al rojo vivo, sin ser capaz de contestar, tuve que irme. En soledad, imaginé aquella diosa entre mis manos.

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