Paz Martínez- Urdidora de versos

Algo siempre se mueve cuando los versos conspiran. Carlos Attadía.

Una Era de Encuentros – por Beatriz García Villagrá (Barcelona)

Para cuando el gallo cantó aquella mañana de Julio, Sofía ya llevaba varias horas despierta.
Asomada a la ventana, la mañana fresca era incapaz de aplacar el calor que ardía en sus mejillas y la irritante cuestión que la desvelaba desde hacía siete días. ¿Le gustaban las chicas?
Siete días. Tan solo una semana desde que Irene había vuelto de la ciudad y la metamorfosis física que la muchacha había sufrido en los nueve meses que habían estado sin verse le turbaba tanto como le humillaba. Y así, presa de una obsesión intolerable, se había pasado esos largos siete días, metiendo su cabeza en el cuello de su camiseta para observar el lento desarrollo de sus pechos. No era algo que hiciera una vez al día, sino que lo ejecutaba maquinalmente en cada momento que sentía esa urgencia, como una necesidad física e ineludible. Lo hacía nada más despertarse, cada vez que iba al baño, lo hacía incluso cuando su madre se giraba momentáneamente en la cocina, para atender la fritura de un huevo en el desayuno, o para introducir las rebanadas de pan en las rendijas de la tostadora o hasta en los escasos segundos que necesitaba para rellenar un vaso con agua del grifo. En cada ocasión, aquellos dos puntitos
rosados, persistían, inalterables, en un tamaño similar al de un guisante. A solas en su habitación, también los tocaba, y por las tardes, después de la ducha, pasaba largo rato frente al espejo apretando sus brazos sobre su torso procurando presionar la carne de su pecho para que éste se irguiera, henchido y falsamente dotado. También observaba sus curvas o, más bien, su ausencia.
Su cuerpo era un palo recto y lánguido, huesos apenas recubiertos por una piel curtida y cetrina.
Al contrario que el de Irene.
Si cerraba los ojos, era capaz de sentir sus muslos firmes, su pecho terso y generoso, el camino sinuoso de sus caderas, su vientre suave. Recordaba la humedad de sus labios, el olor dulzón de su piel, una mezcla de crema solar y perfume. También su sexo era húmedo y frondoso y la expresión de sus ojos profundos, cuando Sofía recorría con avidez su cuerpo tibio y salino, era de un brillo refulgente.
Ambas, confusas, escondidas tras el enorme rastrillo azul y oxidado del tractor de Eulalio, en la era junto a su casona, se refugiaban de las miradas curiosas y del sol cegador de la tarde, para dar rienda suelta a sus deseos adolescentes, abrumadores e ímprobos.

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