Paz Martínez- Urdidora de versos

Algo siempre se mueve cuando los versos conspiran. Carlos Attadía.

Una Encina Junto al Turienzo – por Román Flores Notario (Albacete)

De ella sólo sé que es la criatura más hermosa que he visto en mi vida, que su padre era el dueño de las tierras que yo trabajaba y que, por ende, tenía prohibido acercarme a ella. Bien sabe Dios que yo me limitaba a mirarla, a lo lejos, obnubilado por su belleza. Ella, al principio me ignoraba, pero un día me regaló una sonrisa que lo cambió todo. Cada día se acercó un poco más, hasta que pude escuchar su voz, oler su perfume y tocar la suavidad de su piel.
En una ocasión, puse a prueba su timidez. Mis dedos surcaron su muslo, partiendo del hinojo, en dirección a la entrepierna, pero ella echó el ancla apenas habíamos navegado un palmo para largarse, ruborizada. Al día siguiente, me agarró fuerte de la muñeca, me llevó a la sombra de una encina y, tras abrir las piernas, puso mi mano derecha en su rodilla izquierda. Su zagalejo rojo se fue remangando, muy despacio, dejando al descubierto mares desconocidos, hasta que un calor húmedo saludó las yemas de mis dedos. Fue entonces cuando se levantó y me dio la espalda.
Me acerqué, para que sintiera lo duro que estaba e introduje mis manos, temblorosas, bajo sus ropajes. Con la izquierda escalé por su vientre hasta llegar a la ternura de sus pechos. La derecha, fue directa a reencontrarse con el manantial que tenía entre las piernas. Entretanto, recorrí con mis labios cada centímetro de su cuello.
Me sorprendió su voz, tímida pero decidida, al invitarme a dar un paso más. Agarré sus caderas con firmeza y me introduje en ella con la mayor suavidad que pude. Moví la pelvis, cada vez más rápido, disfrutando de cada embestida y de cada gemido ahogado que salía de su boca.
Sentí que estaba a punto de derramarme y me detuve. Ella se giró y pude ver su rostro más cerca que nunca. Su belleza, potenciada por la excitación, era imponente. La levanté en vilo y seguí penetrándola mientras disfrutaba del verdor de sus ojos y del dulzor, literal, de su boca. No tardamos en gemir, al unísono. Entonces mis semillas regaron las tierras de su padre.
Se marchó, apenas sin despedirse, y nunca más supe de ella, pero aún, trascurrido medio siglo, en ocasiones el viento me trae su aroma. Cierro los ojos y la imagino frente a mí, en aquella encina junto al Turienzo.

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