Paz Martínez- Urdidora de versos

Algo siempre se mueve cuando los versos conspiran. Carlos Attadía.

Una, Dos, Tres – por Ignacio García Rodríguez (Cádiz)

UNA : La primera vez paseaba solo por el camino del monte y me invito a subir a su viejo Land Rover. Nos conocíamos desde pequeños. Yo estaba de vacaciones. Ella iba a echar un vistazo a un ternero de pocos días. Le bastó con verlo de lejos: todo bien. Cuando volvimos al coche, no lo arrancó. Charlábamos sin parar, mirándonos de frente. Yo le contaba cosas de León donde trabajaba en un banco, Ella me contaba cosas del pueblo donde ejercía de veterinaria sin plaza. De pronto, las voces callaron pero las miradas siguieron enganchadas. Ella tomó la iniciativa y me besó en los labios. Yo respondí sacando un poco la lengua y acariciando sus muslos por encima de su recio pantalón vaquero. Ella fue más directa y me abrió el cinturón y la cremallera. Bajó su cara poco a poco hacia mi cintura, mientras yo me recosté sobre el asiento. Cuando sentí su mano moverse rítmicamente, creí que iba a estallar pero aguanté. De pronto paró, se incorporó y dijo: “Vámonos”. Arrancó el coche y me dejó cerca de mi casa. Por el camino no hablamos aunque yo tuve que morderme la lengua para no preguntarle qué había pasado. Cuando me bajé escuché que me decía “Tienes que lavarte más”. Colorado de vergüenza y rabia ni siquiera volví la cabeza.

DOS: La segunda vez fue unos días después, también en el coche, junto al abrevadero. Me había lavado bien. Esta vez yo también le desabroché el pantalón y mi mano consiguió que su cuerpo vibrara un par de veces. Cuando ella bajo su cara y me tomó con su boca, sentí un molesto pinchazo. Me había rozado con un diente y había un poco de sangre. Aparté su cabeza y me metí en la boca dos dedos de su mano derecha mojándolos con los labios y la lengua. “Tienes que hacerlo así, sin dientes”. Yo no pude terminar, me dolía, pero ella sí, con los dedos que yo le había
mojado y, creo también, con la ayuda de mis caricias a través de la camiseta y el sujetador.

TRES: La tercera vez fue ya en el sofá de su casa. Me había invitado a comer un consistente cocido con un buen vino tinto sin marca que servía de una frasca. A pesar del espeso café de puchero me adormecí arrullado por los ruidos de un gallinero cercano. Me desperté al sentir otra vez su mano y sus labios. No pude, y no quise, evitarlo y me dejé ir con un fuerte estremecimiento. Ella no se retiró. Cuando yo ya había terminado del todo vi un poco de humedad en su barbilla.. Y me dijo muy seria: “La próxima vez te toca beber a ti”.

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