Paz Martínez- Urdidora de versos

Algo siempre se mueve cuando los versos conspiran. Carlos Attadía.

Un Hisopo Celestial – por Luis Sanjosé López (Madrid)

Marcela parecía una ninfa barroca sacada de un cuadro de Rubens y, como hiciera la otra Marcela, la de Cervantes, se refugió también en el campo huyendo de los pegajosos moscardones que la asediaban. No fueron pocos los que la siguieron hasta allí y se hicieron labriegos y pastores para estar cerca de ella. Muchos también los que la escribieron endechas, madrigales y canciones intentando conseguir sus favores. Sin embargo, ella se mostraba esquiva y desdeñosa. Pasaba los días consumiendo su lozanía en el pajar, donde solía refugiarse para disfrutar de su soledad y hacer de las suyas, con un deleite y fruición que las campanas de la iglesia repicaban haciéndose eco de sus jadeos y suspiros.
Sin embargo, cierto día, Marcela tuvo una transformación. Había llevado a cubrir a su Jacinta y caminaba de regreso detrás de su vaca, azuzándola con una varita de mimbre.
Natalio y su semental habían conseguido revolucionar sus hormonas, pero ella intentaba concentrar sus pensamientos en el hermoso becerro que seguramente tendrían nueve meses más tarde. De pronto, Jacinta se detuvo y volvió su enorme cabezota para mirarla con unos ojos que rebosaban agradecimiento y felicidad. Toda la felicidad que puede caber en el inmenso cuerpo de una vaca. «Vamos, Jacinta, no pares». Jacinta se volvió lentamente y reanudó su paso. Un paso lento, balanceando sus cuartos traseros y frotándose las ubres con una cadencia y voluptuosidad consiguiendo revolucionar todavía más las hormonas de Marcela. Y Marcela, muy de cerca, acariciaba sus ancas con la varita
de mimbre. Jacinta comenzó entonces a blandir de un lado a otro el hisopo de su cola y esparcir en el aire los fluidos que le sobraban y le chorreaban por sus cuartos traseros. Un fluido lechoso y blanquecino donde la cola chapoteaba con un chasquido rítmico, hipnótico y ceremonioso. Aquel hisopo celestial salpicó el rostro de Marcela. Cerró entonces los ojos, se limpió los labios con su propia lengua, emitió y se tragó un grito sordo que le salió de las entrañas. Repicaron las campanas y le sobrevino su Pentecostés, una revelación sobrenatural, una conversión salvaje que sacudió su entrepierna y le hizo rechazar la vida  monacal y egoísta que había llevado hasta entonces. Tiró la varita de mimbre y se arrimó un poco más a su vaca para poder acariciarla y palpar sus nalgas empapadas. «Espera, Jacinta, no podemos seguir. Hay algo que tenemos que terminar con el Natalio».

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