Paz Martínez- Urdidora de versos

Algo siempre se mueve cuando los versos conspiran. Carlos Attadía.

Trigo en Barbecho – por Raquel Pons García (Madrid)

El trigo, lecho humilde y esquivo, se clavaba con dulzura en lo que nos quedaba de ropa. Sobre aquel campo de un amarillo dolido, recordábamos cómo era amar sin prisas, con la juventud terca y embravecida de dos adolescentes que acaban de vivir su revolución sexual. Solo que no éramos tales. Nuestras convulsas figuras se entrelazaban, fundiendo lunares y arrugas bajo un sol que nos miraba con escándalo desde lo más alto. Como amantes de verano, sabedores del final que se aproxima, nos habíamos envuelto en un abrazo que parecía no tener fin, capaz de reunir de nuevo nuestras almas desnudas. Parecía imposible separarnos, por eso el campo se esforzó por ocultarnos.
La primera caricia, la mirada sutil y la sonrisa torcida, prendieron la mecha de una pasión que se cocinó a fuego lento fuera de casa. En el granero me besaste y, aunque fue la primera vez, mis labios te reconocieron al instante, mandando señales al vello de mi piel para que de puntillas te saludase. Nos acariciamos de arriba abajo, conscientes de que no llegaríamos hasta el final.
Por eso estábamos tan excitados, como dos chiquillos que corren desbocados hacia el precipicio, confiados de que sus pies les sabrán frenar. Pero volviste a mí. Miraste al infinito y, anticipando tu condena, me arrastraste en aquel salto contigo.
Bebí de tu garganta todo el deseo que cabía en ella, dispuesta a cruzar la
verja de aquel jardín que sería mi perdición. Ni tú ni yo éramos dos jóvenes
enamorados, pero juntos redescubrimos el palpitante éxtasis de eso que llaman orgasmo. Juntos, de la mano, sobre el suelo descalzo, nos convertimos en un único ser, para después volver a separarnos.
Lo hacía con mi marido pensando en ti, igual que tú recorrías el cuerpo de tu mujer pensando en mí. Eso me excitaba incluso más que nuestros encuentros fugaces en tu lecho conyugal, aunque me incomodaba reconocerlo. Ahora que ya no te tengo lo pienso mucho, a diario, sobre mi barbecho yermo. Pienso si amarte fue la causa o el efecto de despertar algo que con mi marido yacía muerto. Miro este trigo vacío de sentimientos y habito mi cuerpo con dedos húmedos que saben a ti, a mí, a nuestro.

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