Paz Martínez- Urdidora de versos

Algo siempre se mueve cuando los versos conspiran. Carlos Attadía.

Todo un Día con Carmina – por Juan Manuel Martínez Román (Francia)

Nos acababan de dar el permiso de verano, y como jóvenes soldados que éramos, salíamos de la Base de Tablada dispuestos a comernos el mundo… Bueno, mejor dicho, a coger el tren para ir a casa; en mi caso a Cabrera, a trabajar, pues era por el tiempo de la siega de la hierba.
No recuerdo lo que tardó el dichoso tren en hacer el recorrido de la Vía de la Plata, que partiendo de Sevilla, a
la velocidad que circulaba, La Bañeza se me antojaba que se iba alejando.
El caso es que, durase lo que durase, durante el viaje en aquel vagón no durmió ni dios. La algarabía era lo suficiente como para tener todos los sentidos despiertos. Claro, también es verdad que la juventud es muy inconsciente y párvula… Yo no me paré a reflexionar en lo que me esperaba nada más llegar al pueblo.
Total, que al llegar a La Bañeza, busqué algún tendero que subiese para Cabrera; a las mañanas siempre los había…
Nada más llegar al pueblo, lo primero que me encuentro, es a mi madre, ya preparada con la morrala para ir con el ganao. ¡Cómo le iba a dejar a mi madre ir para el monte estando yo! sí, yo estaba…pero muerto de sueño.
Calle abajo, ya venía con medio fato la que ese día iba a ser mi compañera de pastoreo: era Carmen la que estaba en la velie con mis padres, aunque para mi ella siempre fue Carmina. Cálculo que por aquel entonces ella me doblaría en edad y, ya había parido tres rapaces, aunque eso poco se notaba, ya que toda su lozanía la conservaba intacta.
Enseguida que salimos del pueblo con el ganao, le expliqué en qué estado me encontraba; así que, hiciese el favor de tirar para algún sitio con buen pasto, y mover las cabras lo menos posible. Fuese en cama o en monte, yo necesitaba dormir.
Y así lo hizo, me llevo donde las cabras se hartaban sin dar cuatro pasos…
El calor apretaba tanto aquel día del puto junio…
Ya no pude aguantarme, me puse en bolas y me refresqué bien en la regueira. Carmina también se animó, aunque sin desprenderse de todas sus ropas y, discretamente se fue un poco más abajo.
Una vez aliviado del calor, eche mi cacho de manta sobre un herbazal para dormir lo que traía atrasado…
Mientras tanto, veía como Carmina sacaba de su morral unas agujas y lana, y se ponía a tejer…
En posición de boca abajo y mis manos ocultas por la chaqueta que me hacía de almohada, a mi cuerpo desnudo solo lo cubría mi camisa hasta la altura de la cintura… Cerré los ojos, y me dejé llevar por el sonido del agua de la regueira: En mi relajo, y el no pensar en más cosas que las que estaban sucediendo a mi alrededor, no tardé en sentirme excitado; me había fijado en los encantos de mi compañera de pastoreo mientras ella se refrescaba muslos y pies. Ya solo la podía imaginar compartiendo conmigo su piel, en aquella habitación, que tenía como suelo la pradera y como techo el cielo.
Lo que mi cabeza anhelaba, mi cuerpo ya lo estaba sufriendo, o más bien gozando.
Aunque la oí como se acercaba, decidí quedarme inmóvil, y así dejar al libre albedrío de Carmina el inicio de aquel encuentro.
A medida que notaba como sus pasos se iban acercando, mi ritmo cardíaco aumentaba tanto, que pensaba que me iba a estallar el corazón; cuando por fin llegó a mi lado, sin decir palabra, con sus manos buscó las mías debajo de la improvisada almohada, para seguido ir dejando todo su cuerpo apoyado sobre el mío. Cada roce de la piel de Carmina contra la mía…era pura excitación: sus suaves brazos tocando los míos, sus pechos aplastados en mi espalda, su vientre, su pronunciado monte de venus sobre mi trasero, sus muslos sobre los míos; notaba perfectamente, como cada milímetro de su piel se mantenía en equilibrio sobre mi piel, de la cabeza a los pies sin tocar la manta.
Después de permanecer así más de cinco minutos, de repente, ella despego totalmente su cuerpo del mío. En ese momento se me vino a la cabeza la imagen de Carmina por el pueblo: llevando al pequeño a la escuela, durante la procesión, comprando el pan… Siempre con su eficacia, su elegancia, su serenidad; nunca la hubiese imaginado conmigo en tal acontecer en aquel monte.
Tan solo tardo un instante, y de nuevo tuve el placer de recibir toda su anatomía sobre mi cuerpo; esta vez despojada de bragas y sujetador. Ahora notaba como sus excitados pezones se clavaban en mi espalda, y el cosquilleo electrizante que me produjo su vello púbico en mi trasero; solo la manta echada sobre la hierba podía dar buena cuenta de mi erección.
Sin apenas moverme, dejé a Carmina que siguiese sobre mí con su sensual juego… A sus caricias le siguió un excitante movimiento de cintura, a la vez que todo su cuerpo se frotaba sobre el mío y, ascendía con la intención de con su boca buscar la mía. En ese mismo momento ya me tenía derretido, pero no podía ni quería dejar que toda mi pasión terminase con una simple eyaculación por unos roces de piel de mujer. La tarde era larga…
Aunque era verdad que estaba con ella, todavía no podía creerme que eso me estuviese pasando a mí…
Carmina de nuevo se puso a juguetear con su lengua en mi oreja, pero, en aquel mismo instante todas mis sensaciones fueron de confusión…notando una grande y babosa lengua… Coronel, mi perro, de un lametazo me acababa de despertar.

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