Paz Martínez- Urdidora de versos

Algo siempre se mueve cuando los versos conspiran. Carlos Attadía.

Su primera vez – por Lilianys Jiménez Zulueta (Cuba)

Era su primera vez, quería que fuera romántico, y nada común. Entones decidí que pasaríamos un bello día en el Parque Forestal de la Región. Al final de la tarde vimos la puesta de sol. Compartimos risas y algún beso furtivo. De un
momento a otro nos quedamos viéndonos. Su mirada era profunda. Respire hondo y me acerque lentamente hasta sus labios, ella dio el último paso y atrapó los míos. El beso fue lento, muy lento y delicado, como si no quisiéramos estropear nada, como si nuestros labios fueron muy frágiles y fáciles de lastimar, pero fue maravilloso, todos los tipos de besos con Daniela eran maravillosos.
Ella tomó mi mejilla e intensificamos el contacto, estuvimos así por varios minutos, jugando con nuestras lenguas. Cuando el aire fue necesario nos separamos levemente y la mire, la mire y le hable, pero sin espetar palabra, solo con mi mirada, como pidiéndole permiso para hacer lo que venía a continuación.
Nuestros cuerpos estaban completamente juntos, así que decidí deslizar mi mano lentamente debajo de su sudadera, siempre mirándola a los ojos. Daniela se sobresaltó levemente por el contacto, pero no se quejó, me dio una sonrisa.
Acaricie su vientre que estaba bastante cálido, llegue a la orilla de sus pechos trazando una línea imaginaria, ella en ese momento solo un suspiro que me indicó que iba por buen camino. Me volví a separar y nos seguimos mirando a
los ojos, esta vez sus verdes oliva se veían seguro tan oscuros como los míos.
La ropa fue estorbando mientras nos tumbábamos en aquella manta. Mis manos recorrían todo su cuerpo desnudo, hasta que fui más allá y entre debajo de la única prenda que le quedaba. Estaba húmeda y lista para otra primera vez, junto a mí.
Acaricié su zona íntima con total cuidado, ella humedecía sus labios y tragaba constantemente. Estaba completamente excitada y todos mis sentidos lo podían comprobar, incluso yo lo estaba, pero quería que ella fuera exclusiva experimentando el placer supremo. Seguí los movimientos mientras Daniela soltaba pequeños gemidos hasta que llego al clímax dando un pequeño grito ahogado. Tocarla y verla llegar al punto máximo de placer, bajo el manto estrellado de aquel campo, solo con mis manos, fue uno de esos momentos cósmicos en mi vida

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