Paz Martínez- Urdidora de versos

Algo siempre se mueve cuando los versos conspiran. Carlos Attadía.

Soledades – por Pedro Navazo Gómez (Bizkaia)

El tiempo que se disfruta es el verdadero tiempo vivido.

No quería imaginar cómo había llegado hasta allí, pero los últimos veintidós días, de los setenta y nueve meses de abril que Gregorio Rupérez Andrés llevaba a cuestas, cuarenta años cotizados y una pensión menguante como la luna vieja, que dicen los rústicos que es la mejor luna para la poda, los llevaba viviendo en la ciudad a la que había ido a visitar a su hija, que le reclamaba a su lado: — ¡Pero qué pintas tú sólo en el pueblo! –le reprochaba-. ¡No tienes a nadie! Aunque callaba, para no herirle, sabía que su hija no llevaba razón, pues en tan poco tiempo ya había comprobado lo que su amigo Aniceto le tenía advertido por experimentarlo antes que él: — Ciudad grande, soledad grande. Dejar de pasear por las calles de su pueblo, cruzándose con conocidos que se paraban a charlar; dejar de echar la partida de dominó con sus amigos en la taberna; dejar de cuidar los rosales y las hortensias del jardincito de su casa, que tanto le confortaba… y, sobre todo, dejar de disfrutar de la Naturaleza, con su paz y el verde frenético del valle, para, de repente y sin previo aviso, encontrarse flotando en la nada como si dicho camino hubiera desaparecido y el vacío le atrajera hacia sí, era la sensación que tenía desde que había llegado a esa jungla –como la llamaba- sembrada de cemento en la que, más aún que el incesante tráfico y el cielo siempre sucio, le angustiaba el frenético ir y venir ausente de la gente, a la que se advertía lo sola y aislada que se encontraba del mundo, mirando la vida pasar sólo pensando en ellos mismos.

Una mañana, mientras paseaba por un parque próximo, vio a un señor, septuagenario como él, que estaba sentado en un banco. Al llegar a su altura, se percató de que, en el suelo, a sus pies, había unas gafas que asomaban de su funda. Al agacharse para recuperarlas, justo en el instante en que se disponía a entregárselas, el señor, sonriendo, puso la mano para recogérselas de la suya: — Muchas gracias –le dijo-. ¿De dónde es usted? De carácter abierto, buenas formas y verbo fácil comenzaron una conversación entretenida, no exenta de interés, porque los dos, de forma muy diferente, habían vivido y sufrido lo suyo. Después de un buen rato sin sentirlo, Gregorio se levantó y se despidió de su colega, prometiendo saludarle la próxima vez que le viera y, si se terciaba, tomarían un café mientras continuaban hablando. Según iba pocos pasos más adelante, algo le movió a volver la cabeza y, horrorizado, contempló cómo el anciano estaba colocando de nuevo en el suelo, justo a la medida de su alcance, la funda de las gafas con ellas asomando. Sin duda era para intentar capturar a otra víctima que llenara su vida unos instantes el amplio pozo de su soledad. Lejos de sentir consuelo, tras comprobar que había alguien aún más solo que él, Gregorio Rupérez Andrés, apresuró sus pasos, todo lo que sus reumáticas piernas lo permitían, hacia su casa y se dirigió a la minúscula habitación en la que se alojaba. De la balda de un armario empotrado, bajó su maleta y, en presencia de su hija, en silencio, empezó a armarla…

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