Paz Martínez- Urdidora de versos

Algo siempre se mueve cuando los versos conspiran. Carlos Attadía.

Sintiendo la Naturaleza – por Oscar Manuel Bustamante Matías (Madrid)

Me habías prometido un fin de semana rural cuanto aprobara el examen de la oposición y allí estaba yo, mostrándote mi notable en la pantalla. Como si ya lo supieras, tú tenías reserva en una casa situada en medio un de un paraje natural. Alrededor solo había bosque. Me llevaste con los ojos tapados, querías que de camino liberase la tensión acumulada a causa del estudio. Salimos del coche y en escasos quince minutos paseamos por aquel lugar. Era un lugar precioso, lleno de estrechos senderos entre los árboles. Sus troncos acariciaban mis dedos dotándolos de una energía positiva que me embriagaba. Tú caminabas aferrado a mí por mi otra mano, haciendo que tu piel fuera una excelente conductora de cuanto me recorría con cada paso dado por la naturaleza. Me descalcé para notarme más viva y mis sentidos intensificaron las sensaciones que llegaban a ellos. El frescor de la hierba entrando por mis plantas y subiendo por mis piernas jugaba a despertar deseos en mi interior que me hacían apretar tu mano para sentirla más intensamente. La quietud rota por el intermitente canto de distintos pájaros me dotaba de una libertad que liberaba mis pensamientos. Los dejaba ir por mi mente y en ocasiones cerraba los ojos para perderme en ellos por completo, contigo. Con cada paso que daba mi corazón latía más y más deprisa. La piel de mis brazos comenzaba a erizarse y no me bastaba con sentir solo tu mano, podía escuchar cómo tu cuerpo llamaba a gritos mi nombre. Me detuve en una pradera y tiré mis zapatos. Acto seguido, te tumbé suavemente a ti y empecé a besarte, recorriendo tu cuerpo con mis labios. La dulzura que veía en tu cara y que usaba en mis besos, hacía subir mis pulsaciones. Sé que las tuyas también estaban al límite porque lo notaba al acariciar tu pecho. Tus manos se perdían con ternura por mi espalda y ya conocían el contorno de mis piernas a la perfección. Me despojé lentamente del vestido y caí sobre ti despacio para que tu piel y la mía quedasen entrelazadas, igual que nuestras manos. Te permití entrar en mí cuando el deseo de ambos había superado el umbral que nos mantenía serenos. Perdí la consciencia del tiempo mientras tus labios me recorrían y mis manos se afianzaban en tu espalda y en tu pelo. Noté cómo nacía en mi interior una ola placentera incontrolada que sobrevenía a la que surgía de ti. La fusión de ambas me hizo ver el cielo sin haberme movido del suelo. Reanudamos la marcha media hora después. Sin duda alguna, ese fin de semana prometía ser uno que jamás olvidaría.

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