Paz Martínez- Urdidora de versos

Algo siempre se mueve cuando los versos conspiran. Carlos Attadía.

Salón de Baile – por Ezequiel Barranco Moreno (Sevilla)

V EDICIÓN (2020)

Habían pasado ya dos años desde el armisticio y el ayuntamiento organizó, coincidiendo con el Día del Pilar, la primera verbena popular del pueblo. El final de la fiesta se celebró por todo lo alto en la Plaza Mayor, con su ambigú, orquesta, baile popular y un castillo de fuegos artificiales. Tal fue el éxito de la celebración que el alcalde y el cura, decidieron utilizar el casino como salón de baile todos los fines de semana. El día de la inauguración la sala estaba llena, con la pista rodeada de sillas rojas, bien iluminada y con un gramófono que no paraba de poner pasodobles y otras músicas populares. En la puerta, dos guardias controlaban la entrada, vigilaban el orden y se aseguraban de que no se perdiera la compostura. Al fondo, un camarero con mandil y pajarita negra servía limonadas y otras bebidas. Ahí estaba yo, junto a otros amigos, observando con descaro a las mujeres que, de dos en dos, agarradas del brazo, iban entrando y se sentaban sin dejar de mirarnos de soslayo y cotillear entre risas. Con un cigarro y una copa recorrí la sala buscando a la que sería mi pareja de baile, hasta que me topé con una joven de ojos profundos, que me mantuvo la mirada sin ningún disimulo y sin ruborizarse. No me lo pensé, tiré el cigarrillo, dejé la copa, pedí a la orquesta que tocara bésame mucho, me fui hacia a ella y con una amplia reverencia, un guiñó y una sonrisa, le pregunté si quería bailar. No mostró timidez alguna, se levantó y dejó que la cogiera por la cintura, aunque poniendo freno a mis intenciones con sus codos a la altura de mi pecho. Así y todo fue suficiente para oler su perfume y sentir el roce de su piel, curtida por el sol, en mi cara. Fuimos hablando, yo queriendo impresionarla, ella susurrándome al oído con voz melosa, insinuante, quizás algo ruda. Me llamó la atención el olor a tabaco que desprendía al hablar e incluso al moverse, pero no me desagradó, y seguí luchando contra sus codos. Poco a poco fui ganando su confianza y sus brazos se abrieron levemente para acogerme entre sus pechos, firmes y turgentes. Intenté besarla, ella accedió, y en un momento de despiste de los guardias dejó por fin caer sus brazos sobre mis hombros. Liberadas sus manos y mezcladas nuestras respiraciones, cada vez más profundas, más rítmicas y concurrentes; las caricias alrededor del cuello y la lengua susurrante que me hacía confundir sus palabras con mi afán, dieron alas a mis movimientos que bajaban por su espalda al disimulo. La abracé con el deseo de que acabara el baile y pudiéramos irnos al olivar cercano, pero en ese momento noté sentí raro. Comenzó a ponerse roja y noté que entre sus piernas algo crecía y se confundía con mi erección. Di un paso para atrás y ella se alejó procurando no llamar la atención. Antes de que saliera pude ver como el rímel dibujaba una profunda tristeza en sus mejillas.

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