Paz Martínez- Urdidora de versos

Algo siempre se mueve cuando los versos conspiran. Carlos Attadía.

Rostro sin Rastro – por Rocío Garrido Marcos (Valladolid)

Teníamos dieciocho años y regresábamos de unas fiestas donde habíamos bailado como si aquella noche no fuese a terminar nunca. Pero terminó, y se presentó sin avisar una mañana luminosa de agosto en la hicimos autoestop para volver a nuestro pueblo, aquel donde nos reencontrábamos cada verano. Nos recogió un tractor que tiraba de un remolque, y por el gesto del tractorista no era la primera, ni la segunda, ni tampoco la tercera vez que lo hacía aquella mañana. Le dimos las gracias y nos subimos de un salto a un cubículo donde animales y personas se hacinaban entre alpacas de paja. Ana se tiró al suelo entre un par de corderos y se quedó dormida; Paloma se sentó en el borde con las piernas colgando y yo me dirigí al fondo con la esperanza de encontrar un pedazo de alpaca donde acomodarme, pero no quedaba un hueco libre, así que, tras pedir disculpas, me senté sobre las rodillas de un chico a quien ni siguiera pude ver la cara, pues los dos mirábamos en la misma dirección. Noté unas piernas fuertes y bien formadas bajo mis muslos. Al poco tiempo, con el traqueteo del remolque, fui consciente de cómo él se estaba excitando. El tractorista se vio obligado a pegar un frenazo porque un pastor, seguido de su rebaño, cruzó la carretera. Fue entonces y ante el impacto, cuando mis glúteos fueron detenidos por su firme abdomen y su poderoso miembro se posicionó bruscamente entre mis piernas. Sentí la belleza de aquel cuerpo apolíneo que permanecía inmóvil ante una situación inesperada. Por un instante ninguno de los dos nos atrevimos a respirar, manteniendo nuestras miradas fijas sobre el dorso de los pasajeros. Pero al mundo no parecía importarle que respirásemos o no, ni que su enorme pene continuase entre mis muslos: la tierra seguía girando alrededor del sol y el remolque continuaba con su inexorable traqueteo. Aquella situación me excitó como nunca lo ha conseguido ninguna otra. En un rápido movimiento alcé mi vestido y él delicadamente deslizó mis braguitas y me penetró. Fue algo glorioso que duró mucho tiempo sobre aquel adonis sin rostro que continuaba inmóvil, olvidándose de sí mismo, con el único propósito de que yo gozase. El tractor iba deteniéndose en cada pueblo mientras los viajeros se apeaban. Al llegar al nuestro yo me incorporé sin volver la mirada y avancé rauda hasta saltar del remolque junto a mis amigas. Lo busqué el resto del verano, lo he buscado sin éxito durante el resto de mi vida, pues nunca podré olvidar al chico sin rostro del remolque.

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