Paz Martínez- Urdidora de versos

Algo siempre se mueve cuando los versos conspiran. Carlos Attadía.

Reencuentro – por David Rubio González (Madrid)

Apago el motor del coche. Me tiemblan las manos. No sé ni cómo he llegado hasta aquí con tanta curva. ¿Había tantas hace diez años? Mis taconazos pisan fuerte, pero mis muslos se derriten… y no es el calor. Es temprano, pero seguro que está donde lo dejé. Donde siempre ha estado desde entonces.
Me encontrará donde me dejó, donde siempre he estado desde entonces. Llegará con sus taconazos de urbanita, pisando firme pero derretida, y no será el calor. Yo estoy abrasado desde que hablamos por última vez y dijo que venía… diez años después. La espero podando el rosal, con la tijera afilada y la camisa chorreando. Se quedará observándome desde el mirador, creyendo que no sé que está ahí. Pero nadie entra en este pueblo sin que yo lo note. Y menos ella.
Me inclino en el mirador, apretando mi pecho contra la empalizada, mirando como trabaja el rosal que está más vibrante que nunca, con esos brazos que están más grandes que nunca, y esos labios que no distingo, pero siento más ardientes que
nunca. Me aprieto aún más contra la empalizada y abro un poco las piernas, hasta que mire hacia arriba. Él ya sabe que estoy aquí, pero siempre le gustó jugar al nada me importa, más que mi rosal, más que mi pueblo, de aquí no me muevo guapa, ya volverás.
Ha vuelto. Sudo la gota gorda, me quito el sombrero, dejo el juego y miro hacia arriba, por fin. Su silueta se desdibuja por el sol que está tras ella. Parece una supernova, una estrella que ha caído otra vez en el pueblo, ante mí. Dejo las tijeras, dejo el rosal.
Subo de dos en dos los peldaños hasta la empalizada. Y la estrella se hace carne.
Sube volando sobre los peldaños de la escalera y llega hasta mí con la camisa medio abierta y esos brazos inmensos, de semidios. Cara a cara, nos miramos durante un instante saboreando el fragor que viene, libando un pálpito que está punto de reventar diez años de orgullo, diez años de ya nos veremos. Cerramos la casa de un portazo y nos atrincheramos dentro, en el incendio. Afuera, una abeja se posa en el filo de la tijera antes de atacar el rosal.

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