Paz Martínez- Urdidora de versos

Algo siempre se mueve cuando los versos conspiran. Carlos Attadía.

Rastro de Paja – por Eduardo González García (Tenerife)

Los muros de piedra y barro de la hospedería, seguían manteniendo, con un halo de misterio, la esencia de la vieja casa arriera.                                                                                                               

Eran algo más de las 9 de la tarde. Unos cuantos caminantes, se arremolinan en el patio de carros. Otros, en gran parte del encalado corral. Algunos, no muchos, se decantan por subir a la solana, de sencillas siluetas de madera.                                                                             

Desde la cocina, un grupo de hilanderas y hombres trenzando mimbre, se disponen a narrar historias. El filandón está servido.                                                                                                           

Hora y pico más tarde. Todos se encaminan a sus aposentos. Menos una joven, que de puntillas y evitando ruidos, sigue a un blanco minino, al final del corredor.  A su vez, otro joven, ante la forma curiosa de caminar de la mujer, se mueve sigilosamente detrás de ella.                                                                                                              

Una puerta entreabierta, por la que se coló el gato, da paso a un pequeño espacio abuhardillado. Llamó varias veces al minino, sin resultado, pero la curiosidad de la joven, ya no era otra que, unos cuantos baúles, de los que sobresalían varias prendas. La enamoro una enagua de blanco satén, de tablas y vuelo, con puntillas y bordados. Sin pensarlo dos veces, se despojo de su ropa, dejando al descubierto, una estilizada obra de arte con piel de melocotón y turgentes mamas.                                                                                             

El joven, a través del quicio de la puerta, atisbaba agitado, tamaño descubrimiento. Ella, sabiéndose observada, le invito a compartir su tesoro.     

A la falda blanca, le siguió un pañuelo de seda, atado con cordones a la altura de sus, ya excitados pechos. En apenas segundos, unos calzones abombados y un sombrero de ala ancha, eran las únicas prendas, que cubrían el esculpido cuerpo del muchacho. Sus labios, recorrieron el terso cuello, al tiempo que sus manos se aferraban a los senos, hinchados de placer. Ella le correspondió, asiéndose a las nalgas, dejando escapar tímidos gemidos. Activados por un único resorte, con un magnetismo indescriptible, sus cuerpos se fundieron en uno solo, al borde de la extenuación.                                                                                                        

La suave brisa del amanecer, les avivo.                                                   

Mochilas al hombro, y cada uno por su lado, abandonaron la hospedería, pero su camino, ya estaba marcado por un único rastro de paja.

                                                                                                                                                                                                                                                                                                                            

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