Paz Martínez- Urdidora de versos

Algo siempre se mueve cuando los versos conspiran. Carlos Attadía.

Psicofonías – por Pablo José Conejo Pérez ( Madrid)

La maestra del pueblo había salido a dar un paseo por el campo. De repente, un barracón apareció en su punto de mira con un magnetismo desconocido. Era un viejo establo, todavía en uso. Entró furtivamente por una puerta desvencijada y se embriagó con la fermentación láctica del ensilaje. Un rayo de sol atravesaba la estancia casi en penumbra. Y un olor animal se expandía por las paredes con mórbida sensualidad. A su lado se movió alguien. Era un chico joven, con la camisa blanca abierta en toda su botonadura. El chico transmitía confianza con sus rasgos y sus ademanes. Ninguno de los dos abrió la boca. Se tomaron por las manos mientras sonaban los ecos de una psicofonía a través de las paredes. El sonido del postigo de una puerta con herrumbre atravesó los muros del establo. Y se alzó la voz de una vieja que propiciaba el encuentro de un hombre con una mujer, quinientos años antes.
Por las paredes se filtraba un ahogo de gemidos. Y tras las grietas llegaban los efluvios dulzones de una floración revoloteada por las abejas. -No temas-, dijo el chico. -Son Calixto y Melibea, que hacen el amor todos los días a esta hora desde el año 1502-. En ese instante se agrandó el sonido descriptivo de dos cuerpos que se tendían sobre un lecho de hierba seca. La maestra permanecía hipnotizada. Las manos del joven del establo exploraban sus senos. Y a través de las paredes llegaba el chapoteo perfectamente reconocible de una vagina. Calixto tenía la escena algo avanzada y gozaba de la ebullición de Melibea. El cuerpo de la maestra era ya un remedo de la psicofonía. Y el joven del establo había alcanzado ya el ritmo exacto de Calixto. Los sonidos de las dos parejas se superponían, las caricias se simultaneaban y los placeres dejaban en el aire un denso ambiente de impudicia.
La maestra gemía al unísono con Melibea. Estaba de espaldas, como ella, con las rodillas y las manos apoyadas en el heno, sintiendo los embates alternativos de Calixto y el joven del establo. Cuando ellas pedían más y más, los dos hombres rugieron a la vez y se desplomaron como dos fardos sobre las caderas oferentes de las mujeres. Melibea siguió reclamando más. Y la maestra elevó su voz sobre la psicofonía para ordenar un nuevo asalto. Pero los muchachos yacían inertes sobre la hierba seca del henil, en una postura grotescamente fetal.
La respiración de las mujeres seguía agitada. Y por la puerta del henil entraban las palabras obscenas de Celestina mientras se masturbaba. Un largo ¡ahhhhhhhhh! dejó en el aire el orgasmo de la vieja alcahueta. Ella era la única mujer que había quedado satisfecha.

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