Paz Martínez- Urdidora de versos

Algo siempre se mueve cuando los versos conspiran. Carlos Attadía.

Prohibido – por Irene Hernández Domínguez (Sevilla)

V EDICIÓN (2020)

Fue un lunes al amanecer cuando Luisa abrió la puerta de la casa parroquial al nuevo cura del pueblo, un joven moreno y varonil con los ojos tan claros como el cielo y una tímida sonrisa. Luisa lo hizo pasar con un gesto de la mano y un «bienvenido señor» que sonó como un suspiro. El joven párroco le rogó que no lo llamase señor, en aquella modesta casa era simplemente Pedro. Y así, la chica santurrona a la que nunca invitaban al paseo ni a guateques, que vestía ropas antiguas y nunca se pintaba los labios se prendó del párroco, un chico agradable, culto y sencillo que le sonreía como nadie lo había hecho. Luisa, pecando de soberbia, miraba a todas las chicas sentadas en la primera fila de la Iglesia sabiéndose dichosa por ser la única en conocerlo de verdad y, cada noche, pedía perdón a Dios por aquellos pensamientos.

Un día, Luisa estaba parada frente a la encimera cuando Pedro se acercó por detrás, se asomó sobre su hombro para ver qué cocinaba y le apretó el hombro con cariño. Todo el cuerpo de Luisa se estremeció ante el roce y un calor surgió en lo más profundo de su vientre quemando cada célula de su cuerpo, un hormigueo que jamás había sentido pero que supo reconocer, estaba excitada. Ahora también pecaba de lujuria. Y tras ella, la envidia por las sonrisas que él daba a los demás y la avaricia por querer acaparar cada una de ellas. Luisa dejó de comulgar por no ser digna de ello.

El día de la visita del arzobispo la joven llegó temprano. En la sacristía, miraba orgullosa cada prenda que había planchado con espero cuando Pedro llegó.

—Ayúdame a vestirme, Luisa, que soy muy torpe —dijo educado.

Ella lo miró con disimulo mientras se quitaba la chaqueta. Con delicadeza pasó la sotana por su cabeza y la atusó sintiendo su cuerpo bajo las manos. Su cuerpo ardía de deseo y notó cómo la respiración del párroco se aceleraba.

—He notado que llevas mucho sin comulgar. ¿Necesitas confesión?

Luisa pensó que mentir al cura era un pecado que no quería cometer. Reunió fuerzas y le contó que había pecado de pensamiento por un hombre prohibido ante los ojos de Dios y del mundo. Pedro la miraba con tanta intensidad que sentía la caricia de sus ojos en la piel. Poco a poco sus cuerpos se fueron acercando y, rogando al cielo perdón, se unieron en un beso carnal y desbocado que, sin ganas, tuvieron que parar para ir a misa. Al terminar el oficio Pedro se dirigió a su casa, Luisa lo esperaba junto a la puerta del dormitorio y al verlo, se adentró en él. Pedro dirigió su vista al crucifijo que presidía el salón y, tras unos segundos, se perdió tras las puertas del dormitorio y de la piel de Luisa para siempre.

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