Paz Martínez- Urdidora de versos

Algo siempre se mueve cuando los versos conspiran. Carlos Attadía.

Prisca y Serena, Cama y Hermanas – por Manel Ramoneda i Coch (Barcelona)

Mientras me dirigía con mi recua a cruzar el rio, no dejaba de pensar en el viejo Diocles, siempre mirando pa las apabardas, o al menos así cree Serena que anda él, sin imaginar nuestra íntima relación. De bien seguro Serena ya se habría quitado el blusón transparente con el que me había despedido, y, recatada y recompuesta con la ropa de casa, mandil incluido, habría recibido atenta a su amado esposo, con la mesa parada y la cena puesta.  Ciertamente, quedose Serena a solas con su viejote calvo y arrugado marido. Entró él en cocina, díjole ella: _hola Diocles, ¿fuéle bien el viaje?_. Murmurando: _¿como crees? ¡Cansadin!, crúzeme con Juanito el de santa Colomba, iba sin carga, no sé a qué subiere, tal vez al vino an-ca Maximiliano_. Ella no le miró a los ojos, pero mordió su labio inferior recordando, rememorando, las horas anteriores aprovechadas minuto a minuto, entre besos, abrazos y esa pasión mezcla de aliento, sudor y fluidos compartidos con Juan; Juanito para Diocles. Cada noche, Serena seguía pensando en su amante, expectante a un nuevo encuentro para saciar el irrefrenable deseo de entregar su cuerpo, su piel al desnudo, dada al goce, al placer, al sentir más profundo que una mujer y un hombre -o en igual género- pueden alcanzar en la intensidad del amar. En el destartalado caserón Serena consumía días y noches, matrimoniada con ese viejo hombre, zarabando en cama, al que nunca había amado, y sin otro aliciente e ilusión que huir del ambiente urente, rancioso, casposo, maloliente y achacoso. Y llegó ese día diado, ese momento tan esperado. En la próxima feria Diocles llevaría con él a Serena y pasarían toda la jornada en el mercado. Ella sabía que Juan también subiría a Lucillo. Se puso ese vestieu alegre y cómodo, de subir y bajar, de entrar y salir, de volar al andar. Y así fue como en la cantina los dos se vieron de nuevo, cruzaron sus miradas con esa complicidad de saberse amantes. Juan con su tez morena, camisa a cuadros y un pantalón de pana negra, estaba impresionante, radiante. Ella lucia y mecía su cuerpo de ardiente y voluptuosa figura en la vaporosa y entera prenda azafrán. Serena justificó visitar a su hermana Prisca, la que quedó pa tía, escabulléndose así toda la mañan del tedioso Diocles. Allí, en casa, con camastro limpio consumaron ayuntamiento Juan y Serena. Sin vergüenza, sin tapujos, sin enredos, sin miedos. Hicieron de sus cuerpos, aperitivo, primer plato, segundo, y de colofón y levante de mesa, postres con guinda y guindilla. Exhaustos, corrieron al aseo, el tiempo apremiaba y Diocles rondaba ya cerca de casa. Juan no podrá salir por el zaguán y saldrá cruzando huerta, cortina y saltando la canciella, dejándose con las prisas la correa al pie de la cama. De suerte que Prisca, mujer madura, voluptuosa, discreta, recogerá tal olvido. Ella vive en silencio y complicidad el romance de la joven Serena con Juan. Prisca, no obstante, esperará paciente esa misma noche, y como en tantas noches, volver a tener a Juan en su lecho a la tenue luz del candil, bajo la sábana y el cobertor de merina, entre sus brazos, ceñido a sus piernas, a su sexo; volverá a su vida de soltería, sigilosa y gratamente servida en cama por el amante de su hermana.

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