Paz Martínez- Urdidora de versos

Algo siempre se mueve cuando los versos conspiran. Carlos Attadía.

Olor a trigo – por María Jesús Jiménez Montalvillo (Madrid)

La vi de espaldas. Hacía ya muchos años que no la veía allí parada, frente al campo de cereal casi interminable, contemplando esa puesta de sol que cada día parecía un regalo, pero a pesar del tiempo supe que era ella.
Recordaba su espalda ancha y fuerte. Su cintura también ancha y sus caderas prominentes.
Y sabía que debajo de ese vestido sin mangas, de tela fina y estampada con flores de verano, se escondían sus nalgas antes apretadas.
Caminé, ayudado por mi bastón, hasta alcanzar su nuca y, pegado a ella, le pregunté, ¿todavía recuerdas el olor a trigo?
Durante el verano, después de ayudar en las tareas del campo y cenar algo en casa, jugábamos al escondite por todas las calles del pueblo. En cada turno le tocaba a dos de
nosotros encontrar a los demás, que debían esconderse en grupo, después de haberles dejado un tiempo para moverse y buscar un lugar adecuado. Ella y yo hacíamos todo lo posible para que nos tocara juntos y, durante ese tiempo de espera, dábamos paso a nuestro juego particular. Empezamos con miradas, luego pasamos a darnos la mano y, después, llegaron las caricias y los besos. Durante el resto del día, si nos cruzábamos por alguna calle casi desierta del pueblo, tan sólo nos saludábamos, sin embargo, durante ese rato nocturno, sentíamos que nuestros cuerpos nos pertenecían.
Con el tiempo crecimos y dejamos de jugar al escondite, pero sabía que los dos añorábamos nuestros juegos secretos.
Una noche de verano, después de cenar, me acerqué hasta su casa y llamé a la puerta. Abrió ella. No hizo falta decir nada. ¡Mamá, ahora vuelvo! Ha venido Dori a buscarme. Vamos a dar un paseo…
Caminamos unos pasos hacia delante, hasta llegar a ese punto donde se esconde el sol y se asoman esos campos de cereal que ahora ella contemplaba.
Le di la mano y la ayudé a bajar el pequeño terraplén que daba paso a los campos de trigo amarillos, todavía sin cosechar. Las espigas aplastadas por nuestros cuerpos hicieron de
lecho nupcial, como si fuéramos unos novios que llegaban vírgenes a su noche de bodas. Su pelo largo y moreno se enredó entre las espigas. Su piel dorada se confundía con los granos de trigo. Y sus pechos parecían amapolas perdidas entre ese amarillo casi infinito. Transcurrió todo en silencio. Tan sólo un par de gemidos interrumpieron el canto nocturno de los grillos.
Recuerdo que al final apoyó su melena contra mi pecho desnudo y miramos las estrellas. Una estrella fugaz cruzó el cielo. ¿Qué deseas?, la pregunté. Irme de este pueblo, me dijo.
A los pocos meses se fue a servir a una casa de la capital. Sé que acabó casándose.
Hasta hoy, no había vuelto a verla.

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