Paz Martínez- Urdidora de versos

Algo siempre se mueve cuando los versos conspiran. Carlos Attadía.

Nosotras – por Irati Lizaso Lacalle (Navarra)

Escucho cada vez más intenso el sonido del agua fluyendo entre las piedras. Miro hacia atrás y veo las casas del pueblo encogerse y desaparecer tras las altas hierbas del campo. Corro tan rápido como mis jóvenes piernas me lo permiten, alzando la falda con mis pequeñas manos para no tropezar. El susurro del arroyo se mezcla con el alegre concierto de los pájaros, grillos y demás seres. El calor de un sol abrasador y mi agitado paso me dejan sin aliento, mientras que ríos de agua salada dibujan cauces entre los relieves de mi cuerpo. Mi corazón palpita tratando de escapar de la jaula ósea que esconden mis pechos redondeados.
El calor en el aire desaparece a medida que me pierdo entre los árboles de la ribera, pero el calor de mi cuerpo no hace más que intensificarse. Me tumbo encima de la manta verde y fría que cubre el suelo e intento descansar. Miro alrededor y descubro que estoy sola. Nadie. Tan solo yo. Rodeada de árboles. De pronto una empoderante sensación de libertad me inunda. Una libertad que no siento en el pueblo, donde todos los ojos juzgan, incluso las paredes.
El acelerado ritmo de mis latidos no cesa, y desabrocho los botones de la blusa buscando que el fresco aire de este sombrío paraíso me devuelva la calma. Insisto en mirar a los lados para comprobar que sigo sola. Libertad. Una agitada sonrisa se dibuja en mi cara, un regalo que tan solo los peces del río podrán contemplar. Mi tripa se contrae y poso mi mano en el pecho para notar los golpes de mi corazón. Al hacerlo, acaricio suavemente mis pechos, brillantes a causa del sudor. Es una sensación tan agradable que no puedo, ni quiero, separarla de mi piel. El calor que había ido evaporándose bajo los cantos de los pájaros vuelve a encenderse en la parte baja de mi abdomen. Levanto lentamente la falda, acariciando cada vello de mis pálidas
piernas hasta mostrar, por primera vez, toda mi desnudez. Experimentar como nunca antes la libertad ha agitado en mis adentros cada una de mis células. En un incontrolable reflejo, mi cerebro manda la señal a mi mano para acariciar cada milímetro de mí que nunca antes había acariciado, explotando en jadeos y sonrisas que este río nunca antes había conocido

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