Paz Martínez- Urdidora de versos

Algo siempre se mueve cuando los versos conspiran. Carlos Attadía.

Mujer de Agua – por Karol Daniela Traslaviña Mendoza (Colombia)

Puedo contemplarme en el espejo de mi habitación. Allí, hay una mujer de largo cabello negro que se retuerce con desesperación mientras sus dedos acarician suavemente el interior de sus muslos. Soy yo. Mi respiración es superficial, siento los latidos de mi corazón desbocado golpeando dentro de mí, mis manos jugando con la piel excesivamente sensible en medio de mis piernas, la humedad naciente de mi centro y el calor abrasador que consume cada parte de mi piel.
No lo soporto más, aumento las cadencias, la velocidad de mis dedos y de mis caderas que bailan para chocarse de la misma forma en la que choca el mar contra la arena en la orilla de la playa. Mis ojos se cierran por puro instintito y
de repente me convierto en agua. Soy un manantial que gota a gota conforma un río, una cascada, un océano en el que me pierdo de forma intencional; soy una catarata que se riega, se extiende y fluye más allá de los límites de lo corporal. El agua fluye fuera de mí, pero también dentro y a través de los restos de mi ser.
Las sensaciones de cada terminación nerviosa explotan en un torbellino insaciable mientras grito y me corro en mis manos. Me hago una con el agua.
La cascada que antes había imaginado con tanta quietud se convierte en un desastre natural capaz de arrasar con todo a su paso. Y por un segundo me desdoblo más allá del espacio y el tiempo. Ya no estoy aquí, en mi aburrido apartamentucho en medio de una ciudad donde el aire huele a cigarrillos y smog, sino allá, en medio de un océano inmenso que se extiende hasta donde la vista alcanza a contemplar.
Esa imagen mental se queda grabada en mí mientras mi sexo se contrae una y
otra vez con las secuelas del devastador orgasmo que acabo de tener. Caigo
como peso muerto en la cama mientras trago bocanadas de aire para
recuperar el aliento. Mis ojos por fin pueden volver a enfocarse, solo para
encontrarme ahí, en el espejo, sonriente y desmadejada mientras el agua aún
cae gota a gota sobre la laguna en la que se ha convertido mi cama.

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