Paz Martínez- Urdidora de versos

Algo siempre se mueve cuando los versos conspiran. Carlos Attadía.

Mirando al Eje – por Samuel Castro Rodríguez (León)

V EDICIÓN (2020)

Era verano cuando entré por la ventana de la cuadra de tu padre, y te esperé bajo el carro. Junté un poco de hierba para ambos, y esperé tumbado, boca arriba. Veía el eje y los herrajes oxidados, puse las manos sobre mi pecho y entrelacé los dedos. Esperé que tu cara apareciera en el boquirón, recortada contra el cielo de julio cuajado de estrellas. Aguzaba el oído para sentir tus pisadas por el corralón. No viniste, y me dormí entre el calor de la paja. Al día siguiente quedé con tu hermana, recoloqué la paja y me quedé de nuevo cara al eje. Apreté los labios, en ese momento dudaba de todo. Ya sabes que tu hermana nunca me ha gustado tanto como tú, pero esperé resignado; al fin y al cabo os parecíais algo y seguro que tu hermana venía. Eso pensé, pero atendí mucho a las pisadas ni si aparecía su silueta en la ventana; cuando me desperté a las dos horas y vi que no había venido me sentí aliviado. A la mañana siguiente hablé con tu madre, me la encontré camino de la fuente y, despechado, le dije que ni tú ni tu hermana tendríais novio nunca. Ella me contestó que para qué lo querían si no sabían lo que hacer. Vista la picardía le seguí el juego y le conté que me habíais dado calabazas. Os llamó tontas, y me aseguró que esa noche irías, que fuera, como estos días, que me echara bajo el carro y esperara. Me fui sonriente a casa. Pasé la tarde pensando en lo que me esperaba, y me entraron las dudas: ¿y si, en llegando la noche, me metía a la cuadra y allí me esperaba tu padre? con lo bruto que es, me podría dejar seco de un guantazo. Después de cenar salí de casa. Pensé; ¿qué perdía? podía ganar un estacazo como la coz del macho, o podía ganar la gloria que yo imaginaba en la suavidad de tus muslos. Mientras vagaba por el pueblo amenazaba tormenta, olía a humedad y no había ni un alma de comadreando al fresco. Caminaba, la truena rugía lejos. Pensaba, en las palabras de tu madre; paso a paso la vi segura, vi que no me mentía, la vi resuelta y cercana, hasta cariñosa, lo mismo me quería de yerno. ¡Qué sí ostia, vete! Me dije. Cambié el paso, entré agachado y pegado a la pared de la cuadra; de un salto me escolingué del boquirón y me lancé adentro. Esperé a que la vista se hiciera a la oscuridad, vigilante, no fuera que tu padre, con la vista ya hecha al oscuro estuviera al acecho para darme un tarugazo. Fui acercándome al carro y vi la hierba ya tendida; sentí una risa bajo el carro, me puse rápido de cuclillas y dije hola. Sonreí al sortear la rueda, pero la sonrisa se me heló en la boca con los labios de tu madre. Yací con ella, yo, casi nuevo, con una mujer entrenada; la saya bien estirada sobre la hierba, sujetaba el delantero con la barbilla; yo apenas me revolvía con los pantalones en los tobillos. Y por eso te prefiero a tí, porque tu hermana pequeña será mi hija, y si tiene mis ojos, o mi boca, sé que siendo su yerno tu padre no me sacará las tripas con la navaja.

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