Paz Martínez- Urdidora de versos

Algo siempre se mueve cuando los versos conspiran. Carlos Attadía.

Mariposas – por Álvaro Cueli Caro (Sevilla)

Los nervios se confundían entre los jaramagos. Sonaban los jadeos y las pisadas.
Atrás había quedado la furgoneta, las sillas, la mesilla y la comida de aquel almuerzo de campo. Ella correteaba dejando un rastro de ropa al viento, aún era pronto para los besos y las caricias de piel sudorosa. Cuando él consiguió atraparla, a ella no le quedaba sobre el cuerpo más que una minúscula prenda. Él había sido más rápido y solo lo vestía su carne. Quería tener cuatro manos y dos bocas, no le daba tiempo a tanta ansia de beso y mordisco. La saliva a miel y los pezones huesos de ciruela. Fuertes el uno contra el otro y
la hierba siquiera escocía en sus espaldas. Suspiros y más jadeos entre tirones de pelo y palabras obscenas. Tras unos minutos, todo se aceleró. Las piernas abiertas en busca de los recovecos y las formas distintas. Así, llegaron al instante de coger aire y dejar escapar la vida. Tumbados bajo el cielo, el uno junto al otro, ahora oían, por primera vez, los pájaros y la brisa.
De repente, él comenzó a charlar animosamente sobre el hambre que tenía y sobre aquella locura que acaban de cometer. Ella le reconoció sus ganas desde el desayuno.
Entonces él se puso de pie y miró alrededor.
–Y ahora, ¿por dónde se vuelve? –le dijo.
–Ah, no sé. No creo que estemos muy lejos –respondió ella.
–Iremos buscando la ropa hasta la furgo –dijo él y se encogió de hombros.
Ella miraba por momentos su miembro yerto, oscilante entre los vaivenes de los brazos; se mordía el labio y balanceaba, casi al mismo ritmo, sus piernas flexionadas. Así, hasta que él se percató. Habían sido vistazos rápidos, precisos y acompañados de un falso desinterés. Ahora, que ella sabía que él lo sabía, había detenido su vista en aquel
sexo dormido. Se había parado fija, concentrada en el instante que vendría después.
Él notó encenderse su sangre y segundos más tarde el sexo apuntándole a su ombligo. No se dijeron nada. Él volvió a echarse a su lado para sentirse por dentro de nuevo. Los pellizcos los devolvieron al punto de partida. Cuanto todo terminaba, el crujido de la rama en el árbol los despertó de su somnolencia y, ese fue el momento en el que él me descubrió.
La práctica de la entomología, perseguir a lepidópteros es una afición solitaria. Al menos eso pensaba cuando el rugido de la carrera me espantó y me hizo trepar al árbol.
Desde allí, lo vi todo. Era tarde para bajar, para dar las explicaciones más sinceras, cuando a mis pies advertí que no era un animal el que yo imaginaba que correteaba a mis
pies, sino dos muy distintos.
–Ahí hay un tío –le dijo él a ella, sin dejar de quitarme ojo.
–Sí, ya lo vi –dijo ella y se echó a reír, ocultando su rostro en el pecho de él.

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