Paz Martínez- Urdidora de versos

Algo siempre se mueve cuando los versos conspiran. Carlos Attadía.

Margarita – por Jaime Enrique García García ( Cádiz)

Era sábado. Y como todos los sábados, Margarita bajaba al rio por la veredita que había frente a su casa. Iba sola, el bikini lo disimulaba una toalla, y el conjunto, un halo de hermosura que obligaba, instintivamente, a las hojas a flexionarse a su paso. Yo lo sabía y cada mañana de sábado abandonaba mis obligaciones en la granja y me deslizaba, con destreza inaudible, por las rocas que circundaban la poza donde Margarita se convertía en la “ondina” épica que turbaba mi mente.

Nunca la dije nada, nunca supo de mi espionaje enamorado. Con el tiempo, mi corazón fue cediendo espacio y se dejó ocupar por el magnetismo infinito de su presencia. La imaginación, fue creando una idolatría lujuriosa y adoradora. Su cuerpo, su cara, sus ojos, su sonrisa… no eran sino catálogo de perfecciones únicas e inenarrables. Solo mis sentidos podían definirla.

Pero nuestra distancia era mayor de lo que pudiera definirse en palabras. La lejanía, la marcaba eso que ahora llaman casta, y las nuestras eran decididamente alejadas en localización, tanto económica como social. La hija del juez y el hijo del granjero, una asincronía insuperable en un pueblo tan pequeño.

A medio día acudía al bar del pueblo con su pandilla, y a su paso dejaba rastros de aroma de fragancias indefinibles. Miraba el vaso donde la servían el vermut con el ansia de quien quisiera transformarse en cristal para ser depósito de sus labios. Acaso una mirada en su deambular de miradas ausentes, suponía para mí el regocijo de una jornada con las previsiones cumplidas; a pesar de que al comprobar que sus ojos pasarían por mi entorno, agachara la cabeza en un efecto de vergüenza infantil ilusionada.

Así, en la comida, mi madre reclamaba mi atención, ¡vamos nene! que las gallinas no esperan y hay que recoger los huevos, que los sábados viene mucha gente de fuera y hay que tenerlos metidos en las cajas. Si, madre, ya voy. Ese día más de un huevo acababa en la cochiquera, mis manos eran incapaces de gestionar, en más o menos, la fuerza con que recogerlos.

Soñaba con la noche. Al atardecer, en las traseras del bar se “encendía” el baile, como preludio de pase de modelos acicalados hasta el ensueño. Margarita y sus amigas venían por el horizonte de las ensoñaciones, generando luz y armonía; con un epicentro de donde partían el resto de los rayos lumínicos, ella era el núcleo de la onírica luminotecnia. Después, se sentaban junto a los chicos que habían venido de la capital y que cumplían sus expectativas de modernidad y apariencia.

Nunca tuve el atrevimiento de acercarme y solicitarla siquiera una pieza de baile, menos aún un paseo de esos en los que eres incapaz de decir nada, pero que consiguen que las sombras al caminar vayan unidas y abrazadas.

La madrugada nos devolvía a la ausencia, y el resumen de la jornada quedaba reflejada, tan solo, en la humedad de la sábana mojada que precedía al sueño.    

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