Paz Martínez- Urdidora de versos

Algo siempre se mueve cuando los versos conspiran. Carlos Attadía.

La Siesta postal – Sergio Palomo del Villar (Valladolid)

La siesta era la única pausa que detenía la vida de Cañas de San Esteban y sus poco más de 80 habitantes. Hacía ya 3 años que Lola había llegado como maestra, y su ímpetu y jovialidad conquistaron muy pronto a las ya envejecidas mañanas del pueblo. Aterrizó ya de vuelta, dando un nuevo giro a su vida tras una relación que no hizo más que ralentizar su tiempo a base de promesas incumplidas. Muy pronto sintió en sus entrañas que aquel lugar tan alejado de su mundo era su nuevo hogar. No por el hecho de que fuera elegida alcaldesa a propuesta cómplice de Genaro, el dueño del bar. Ni tan siquiera por los seis niños a los que enseñaba en la antigua biblioteca y que alegraban el silencio de aquellos libros usados. Lo que verdaderamente alteraba su cuerpo era la llegada del correo. Nunca antes la habían mirado así. Nunca antes había sentido tan impulso por bucear en aquella sonrisa azul que traía las facturas después de comer, en una ruta que finalizaba en su despacho, y donde poco a poco iba aumentando la conversación, la confianza, las risas no disimuladas y también, como no decirlo, su excitación. Quedaba apenas media hora. Agilizó el último trámite y se fue al baño. Se retocó el pelo, los labios y esa blusa que adivinaba un pequeño escote de sueños. Cerró la puerta buscando algo más de intimidad en el vacío ayuntamiento. Y se imaginó junto a él, embestida en la pared de la entrada, devorando su boca y el sabor amargo y postal de su lengua. Notando entre sus piernas su erección descontrolada. Acariciando esa enorme espalda sobre sus pechos, bañando las bragas con su mano en ese mar de tactos, delicados y firmes a la vez. El calor empezaba a apoderarse de su piel. Le temblaban las piernas frente al espejo y tuvo que agarrase al lavabo porque no podía dejar de imaginarlo, esta vez, sobre su mesa, sintiéndose solo suya, bajo aquel volcán que penetraba sus sentidos y que la hacía arder por dentro. Se refrescó levemente la cara y sonrió, disfrutando aún de aquel baile de caderas que había revuelto todos los papeles de su mesa y humedecido la cara interna de sus muslos. Oyó el motor de la furgoneta acercándose al ayuntamiento. Miró el reloj, y de nuevo al espejo, aún sofocada. _Bendita siesta la de este pueblo, se dijo. De hoy no pasa.

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