Paz Martínez- Urdidora de versos

Algo siempre se mueve cuando los versos conspiran. Carlos Attadía.

La Sed de Ella – por Patricia Sánchez Lurueña (Madrid)


María se agacha para regar una flor desde la ventana, dejando a la vista el surco de su escote.
A usted le gustan los pechos de ella tras la camiseta blanca. Le da sed cuando los piensa. Su lengua se pierde en el abismo de esos montes orondos; los lame como si fuesen cántaros repletos.
Las ansias le abrasan la entrepierna. La vecina le ha hechizado las ingles y usted se palpa el bulto duro, como paca de hierbas.
Está furioso; se reprocha el deseo de cazarla en tiempos de veda. Y para calmar ese ardor que le inflama las venas, se remanga y sale a podar el
follaje que cubre el muro de piedra.
El sol cae en sus brazos, le tuesta los músculos, al levantar la herramienta con la que recorta los arbustos del cerco.
Es domingo. Las campanas añaden su música al cascabeleo de las ovejas y comienza el éxodo de lugareños al templo.
El verano alumbra las praderas trasquiladas, las pupilas de los gatos, la piel de María que abre la puerta para fregar el corredor, aunque no precisa el aseo; las baldosas brillan como su melena trigueña.
Además de su blusa clara, la mujer ha completado el atuendo con una falda oscura que vuela con las ráfagas y deja a la vista su inventario de curvas secretas.
Bajo esos ruedos con alas, a usted le transitan los sueños. El hormigueo le trepa de nuevo por los muslos y le habita el bosque húmedo de su sexo.
María va al cordel de la ropa; se aúpa para liberar dos sábanas resecas.
Se ha puesto al frente de la esquina de amarillos y verdes donde se encuentra usted, con sus manos anchas, su barba joven, sus ojos morenos.
Los últimos fieles pasan saludando con sus gorras. Al grupo se agregan los viejos de ella. Por fin la aldea queda desierta. La misa comienza.
María se mete, dobla y guarda las prendas que ha descolgado y regresa.
Da cinco pasos y sube por un atajo la ladera donde se halla la cuadra de usted, rebosante de fardos por la siega.
—¡Juan, aquí! —le grita desde adentro y lo espera sentada en una de
aquellas rústicas camas de heno.

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