Paz Martínez- Urdidora de versos

Algo siempre se mueve cuando los versos conspiran. Carlos Attadía.

La Resurrección – por Pablo González López (Madrid)

Mamen, en la cocina se esmeraba en frotar enérgicamente en un barreño de cinc, colocado sobre la mesa, unas prendas intimas seleccionadas que no quería pasar por la lavadora para no dañarlas.
La puerta se abrió y apareció su primo Lázaro, totalmente mojado y estornudando fuertemente.
—Perdona, Mamen, llueve a mares y no sabía que estabas aquí.
Se sentó en uno de los taburetes frente a ella que en ese momento retorcía uno de sus vestidos.
El chico seguía estornudando y secándose la nariz pellizcándola reiteradamente.
—Deberías quitarte esa ropa y ponerte otra o dejarla un rato hasta que se seque.
El sentía la vergüenza del tímido, pero algo en su cuerpo le pedía seguir allí y hacer lo que le pedía su prima, así que se envolvió en la manta y empezó a desnudarse dejando
la camisa y el pantalón encima de la silla y quedándose con los calzoncillos en la mano, sin saber qué hacer con ellos.
—Dámelos que te los lave, dijo ella, mientras seguía frotando y escurriendo una y otra vez las prendas del barreño. Sus movimientos eran enérgicos, casi violentos y unas gotas de sudor resbalaban de su cara hacia el cuello.
Lázaro tenía la boca seca porque sus ojos seguían las gotas de sudor que se deslizaban entre el canal de los pechos de ella que generosamente enseñaba cada vez que se agachaba hasta tocar el fondo del barreño. Los ojos de Lázaro no seguían las gotas de sudor sino que se desviaban a contemplar los negros pezones de la chica que se mostraban firmes y como queriendo salir despedidos de los pechos. Era una situación tremendamente agradable y al mismo tiempo incómoda por lo que se removía, nervioso, en el asiento.
—Te queda muy apropiado el nombre: Lázaro… Porque el muerto se levanta y cobra vida – hizo un gesto con la cabeza señalando el hueco que había formado la manta justamente bajo su vientre. Lázaro sintió un enorme calor por todo el cuerpo y notó que la cara le ardía. Intentó taparse pero los nervios no le dejaron y optó por ponerse de pie y salir de allí a toda velocidad. No lo consiguió. Mamen se interpuso y suavemente le cogió una mano y trató de tranquilizarle.

—Acompáñame a mi cuarto, creo que tengo el remedio para quitarte la excitación y aplacar esos calores…

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