Paz Martínez- Urdidora de versos

Algo siempre se mueve cuando los versos conspiran. Carlos Attadía.

La Promesa – por Ignacio tolaretxipi Olaizola (Pontevedra)

El calor del estío de aquel veintisiete de junio de 1980, que desalentaban a los pájaros; el aroma del río Turienzo y el olisco de la maragatería, se amalgamaban enel puente de Santa Colomba de Somoza.
Sentimientos de soledad; de tristeza; de añoranza, me llenaban de ansiedades intrascendentes, tras una ruptura sentimental. Estaba haciendo el Camino de Santiago en solitario, mi espíritu pedía a gritos un poco de paz, necesitaba recuperarme de mis heridas emocionales, para darle un vuelco a mi existencia.
Un pequeño grupo de peregrinos me alcanzaron; al llegar a mi altura, los grandes ojos negros de Graciela se cruzaron con los míos, miraba con una mezcla de vergüenza y pasión. El movimiento de sus manos, la forma en que se hinchaba y
deshinchaba su pecho al ritmo de una agitada respiración, la dureza y tersura de sus pezones levantados hacia el cielo, desde los templos redondos que eran sus pechos, indicaban deseo y placer. Una breve ráfaga de aire cálido inundo mis
pulmones.
Después de visitar el museo Casa Maragata y las tumbas fenicias, decidimos ir al hotel Casa Pepa; tras una buena cena romántica, subimos a la habitación. Estaba en un punto en que su cuerpo ya no la obedecía, era presa del deseo y lo único que acertó a hacer fue apretarse un pecho suavemente con su mano, para tapar algo de su desnudez. La mujer estaba sentada con las piernas cerradas, las manos
agarrándose los tobillos y con su hermosa cara sobre sus rodillas, una desnudez solemne que invitaba a la fascinación, fascinación incontenible que perforaría cualquier corazón. El recuerdo de la noche más placentera que pasé en toda mi vida, un éxtasis sin preámbulos que surgió en la explosión.
Nuestro pecado fue amarnos; ni tu boca transgresora, ni tus sublimes pechos, ni tus piernas vibrantes, ni tus espléndidos y sedosos pies y menos aún tu insolente y vanidoso trasero fue lo que me cautivó; realmente, tu belleza interna es lo que me sedujo.
Aquel día prometimos volver al lugar en donde nació nuestro amor, por eso hoy estamos con nuestra hija Colomba, en el puente donde hace cuarenta años nos cruzamos las miradas

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