Paz Martínez- Urdidora de versos

Algo siempre se mueve cuando los versos conspiran. Carlos Attadía.

La Prima Marta – por Juan Carlos García Crespo (Ibiza)

Nunca en Santa Colomba se vio tal mujer. La prima Marta con sus recientes y florecientes 17 primaveras era una chica de ciudad, educada de los pies a la cabeza, nada que ver con las del pueblo, tan rudas y bastas algunas. La que estudiaba un poco más se iba a la capital y ya no volvía.
A mi prima Marta nunca se le ocurriría madrugar para el regadío de las tierras, limpiar las cuadras, coger una azada o decir una palabra malsonante como ellas; y mucho menos revolcarse con algún mozo en los pajares o en el pinar. No le llegaban ni a las suelas del zapato, y mira que intentaban
inútilmente emular su forma de andar, su ropa, su pelo y hasta la forma de hablar y su vocabulario.
Mi prima Marta, que era una señorita, vino a pasar aquel verano con nosotros con la escusa del aire puro, la tranquilidad y el sol del Teleno. Más tarde supe que huía de los chicos de la ciudad.
También aquí se escondía de ellos, demasiado toscos para ella. Ella era una señorita. Y es que la prima Marta era diferente, irradiaba frescura. En cada paso parecía pisar sobre una nube de dulces, ella misma era una golosina, cada mirada lanzaba destellos de inocencia mezclada con una finura de provocación calenturienta que embestía el sentido común de los varones, allí por donde pasaba los chicos se volvían locos, los adultos perdían la orientación y alguno tuvo más de un problema con su mujer. Cruzarse con ella era pasar toda la noche en vela, con los ojos cerrados, aspirando profundamente, intentando rememorar ese instante, por qué el aroma de su piel, el perfume de su
cabello largo y rizado, la fragancia de su voz al saludar con timidez pero sugestivamente, se enraizaba en tus fosas nasales y en tus oídos trastornando la razón, deseando poseerla a pesar de su edad. No sé deciros a qué olía, jamás lo he vuelto a percibir. La prima Marta olía a la prima Marta. A nada más, a ningún olor conocido.
Las mañanas, si mamá no la mandaba a la tienda del señor Ramón, Marta se quedaba en su habitación leyendo. Las tardes las pasaba en el patio tomando el sol, siempre con un libro en la mano, tenía la piel con un bronceado tan bonito que parecía una mulata de unas islas lejanas. Eso la hacía aún más guapa. Mamá la animaba a ir al río con nosotros pero se excusaba diciendo que tenía miedo que un cangrejo la mordiera el culo, yo sabía que en realidad no quería ir para evitar las miradas lascivas de los chicos, de lujuria de los padres y de envidia de las mujeres. Mi prima Marta era elegante hasta para tumbarse en la toalla. Un día le dije a mamá que me encontraba mal, prefería quedarme en la cama con un TBO que ir a bañarme al río. Sigilosamente salí al patio, escondido tras el carro de bueyes, que ya solo era decorativo, espié a Marta. Que bonita. Como pensó que estaba sola se quitó la parte de arriba del biquini. Nunca había visto unos pechos tan perfectos, tan bonitos. Ni siquiera había visto unos pechos. La vi meter su mano derecha en el bikini, gimiendo su libro resbaló. Al intentar cogerlo me vio. Siguió tocándose y gimiendo mientras me miraba. “Ven házmelo tú”, me suplico en un susurro. Fui y la toqué. Toqué allí donde los colores dejan de existir, dónde el negro da paso al rosado del amor, dónde el amor se convierte en deseo y el deseo en lujuria. El día que toqué allí donde la mujer se convierte en pecado mortal me convertí
en un esclavo más de su belleza diabólica. Pasé las tardes de aquel verano mintiendo a mí madre, acariciando aquella insaciable y salvaje selva del deseo.

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