Paz Martínez- Urdidora de versos

Algo siempre se mueve cuando los versos conspiran. Carlos Attadía.

La Posada Maragata – por Xavier Bagés Llasera (Tarragona)

Mientras su cabeza totalmente rapada se desliza entre mis piernas, lo último que observo a través de la ventana, al tiempo que una creciente tormenta de placer ciega mis ojos, son los campos solitarios de Castrillo de los Polvazares desapareciendo entre la neblina. Antes que sus manos trepen serpenteando por mi cuerpo hasta aprisionar mis pezones entre sus dedos y que una sacudida de deleite arquee todo mi cuerpo, me da tiempo a distinguir el sonido
hueco de las pezuñas de las vacas resonar sobre el empedrado de la calle cuando regresan del pastoreo. De forma instintivamente impúdica inmovilizo su cabeza con mis muslos a la vez que un inconsciente, rítmico y acelerado
vaivén mueve mis caderas. Después sólo mis jadeos y la húmeda sonoridad de su lengua, buscando mis más recónditos rincones donde habita la lujuria, rompen el silencio. Justo en el momento que se incorpora, y arrodillado ante mi cara sofocada me ofrece toda la grandeza de su vigor, un perro ladra a lo lejos.
Es solo un instante. Entreabro mi boca… y de nuevo solo resuellos y sofocos inundan la habitación. Sus dedos resiguen hábilmente mis rosados y húmedos labios. Los míos aprisionan su bálano. Aumentamos al unísono el ritmo… más… más… hasta que mi cuerpo se estremece, tiembla y convulsiona intensamente, al mismo tiempo que paladeo su abundante placer que se desliza pausadamente cálido por mi garganta.
Pasan unos minutos. Todavía tumbada en la cama con el pecho jadeante los sonidos vuelven a apoderarse de la realidad. Un gallo canta a deshora. Las esquilas de los bueyes en sus corrales tintinean a lo lejos. El olor a tierra mojada se mezcla con el del cocido maragato que prepara Rogelia. Cuando abro los ojos, lo primero y lo último que veo es el cuerpo desnudo de él saliendo de la habitación, cerrando la puerta tras sí. El perro sigue ladrando.
Vine para pasar unos días de tranquilidad alejada de todo -pienso mientras me doy la vuelta y me tapo con el edredón-, y ya llevamos cuarenta días de confinamiento. Somos los dos únicos huéspedes en esta recóndita posada. Al final, creo que tendré que preguntarle cuál es su nombre.

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