Paz Martínez- Urdidora de versos

Algo siempre se mueve cuando los versos conspiran. Carlos Attadía.

La Piel de un Fantasma – por Álex César Zacarías Casas (Perú)

Supongo que fue por compasión que acepté la invitación del padre Nazareno.
¿Desde hace cuantos años que el pobre hombre me miraba vagar por los campos como un fantasma? Luego de su accidente, no podía seguir negándome.
El primer día, su sobrino Carlos me recibió con la timidez de un niño, condición que fue superando a medida que mis visitas se volvían más frecuentes. Pero, qué divertido era verlo intentando ser discreto cuando me clavaba los ojos en el escote mientras yo me hacía la distraída. Y, ¡qué difícil me resultaba aguantarme la risa cuando me abrazaba temblando como un cachorro! Situaciones que en verdad encontraba halagadoras pues yo desde hace tiempo me sentía una vieja.
Además, fueron esas distracciones las que me permitían olvidar la ausencia de mi marido, aunque sea por unas horas. Esa maldita guerra… Ciertamente, es triste vivir en un limbo que te despedaza el alma en dos, una mitad que espera un retorno imaginario y la otra que guarda luto por un cadáver invisible.
Una tarde, camino al lonche diario con el padre Nazareno y su sobrino, me desvíe como hipnotizada por la lluvia y me dirigí al cerro detrás de la estación de trenes. Las gotas me arrastraron al día de la despedida y al momento en que él,
al verme paralizada por el dolor, me dijo que se iba por unos cigarros y que le tuviera la cena lista porque no tardaría mucho. Luego, se acercó a mi oído y me susurró usando las palabras de aquel estúpido lenguaje que no sé de donde había aprendido: “Y después de la cena, voy a comerme tu cúnipe y pellizcarte las jutancas, besar cada una de tus priménidas y embestirte con la roquizca.”
Cierro los ojos esperando que el espectro de su risa me consuma, pero ahora, siento las tiernas manos que me envuelven con un abrigo, y mi instinto me lleva a abrazar al muchacho que parece ahogarse entre mis pechos. Sus tibios labios beben el agua que hiela mi piel y sus manos estrujan mis piernas como queriendo arrancármelas. Finalmente, tendidos sobre las flores que se aplastan con nuestro peso, el joven se contorsiona con movimientos que, a pesar de ser
torpes, calientan mi cuerpo empapado por la lluvia, lluvia que se evapora entre mis jadeos… “Cómeme, Carlos, cómeme”.

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