Paz Martínez- Urdidora de versos

Algo siempre se mueve cuando los versos conspiran. Carlos Attadía.

La luz mala – por Daniel Salomone González (Uruguay)

La luz mala es uno de las leyendas más reconocidas en los campos de Uruguay. Según varios científicos resultan ser extrañas luces que flotan en el aire producidas por la fosforescencia de la descomposición de materias orgánicas. Otros dicen que son espíritus sedientos de vidas humanas.
El paraje de La Cruz estaba saturado de oscuridades y fantasmas. Antes era una bella comarca, pero de un tiempo a esta parte las sombras le habían arrebatado su última belleza. El atardecer era violáceo y de las nubes caían unas
lágrimas rojas.
Francisco Hall llegó a la estancia de los Olariaga por la tarde. La habitación, cuya ventana daba a un cementerio aún más oscuro que la comarca entera, era pequeña. Las arañas y cucarachas se paseaban por las paredes. Francisco era periodista y buscaba la noticia de su vida adentrándose en un sitio donde nadie se atrevía a irrumpir y mucho menos a convivir unas horas con sus pobladores; vivos o muertos. Salió al patio y escrutó a un grupo de infantes a lo lejos. No
había visto niños durante el día, así que le llamó la atención que jugaran en la noche. Uno de los pequeños cayó al suelo, su rodilla se cubrió de sangre y los demás se lo comieron dejando sus huesos pelados frente a los ojos absortos del periodista. Tomó una foto velozmente y al revisarla nada se veía. Sólo el negro césped. Corriendo llegó al lugar donde jugaban. Nada.
Luego la vio; una luz brillante. Un viento frío removió sus cabellos, las nubes se trasladaron rápidamente y una mujer se materializó de aquel fulgor. Estaba completamente desnuda y perfecta en sus curvas, se acercó, deslizándose a
unos centímetros sobre el suelo. Rubia, de senos perfectos y una blancura inusitada. Los ojos de Francisco brillaron. Ella lo besó con sus labios rojos, más rojos que la sangre. Le sacó la camisa, los pantalones, los calzones, lo desnudó completo. Una lengua infinita recorrió el miembro erguido por varios minutos.
Luego ella se dejó invadir por el sexo del periodista.
Él se enamoró apenas culminó aquella guerra apasionada. Él nunca sintió tal regocijo en su cuerpo, una fascinación extraña que lo hizo llorar de alegría. Quizá nunca había sido tan feliz.
Ella no hablaba. Sólo le mostró sus hermosos dientes blancos en respuesta al gesto de feliz del enamorado y lo devoró con sus colmillos rabiosos de hambre.

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