Paz Martínez- Urdidora de versos

Algo siempre se mueve cuando los versos conspiran. Carlos Attadía.

La Loca de la Lana – por Beatriz Cárcamo Aboitiz (Cantabria)

La llaman la loca de la lana porque, cuando la primavera explota y los olores se desbordan, se la puede ver lavando lana recién esquilada al atardecer, a veces acompañada de los grillos, a veces del ulular de un cárabo o del silencio de otros habitantes de la noche. Su sombra puede adivinarse, ligera y libre, extendiendo un vellón tras otro, despojados ya de su peso de tierra y tan leves como ella, sobre las rocas aún calientes.
Hoy ha madrugado. A decir verdad, no ha dormido demasiado; la perspectiva de encontrarse con la cuadrilla de esquiladores que recorre estas semanas la comarca, acumulando sudor y castigando vértebras, la tiene en vilo desde hace unos días. «Mitad agonía, mitad esperanza», escribió una mujer en una época en que lo común era vestir la lana y lo raro era dejar que una mano tocara algo más que otra mano.
No tarda mucho en llegar a la nave donde se celebrará, una primavera más, el mecánico ritual de la esquila. Su mirada acaricia el lugar, los labios secos buscan el alivio de la lengua, y por fin las ve. Las manos que retienen una oveja. Las manos que aferran la máquina de esquilar. Las manos que ahora pasan rozando un vientre y lo dejan sin abrigo, y que esta misma noche abrigarán, con calor animal, su propio vientre desnudo y hambriento. Ha pasado un año y su cuerpo reacciona como si hubiera sido un simple aleteo. Está excitada y sabe que no podrá aguantar un día entero así, imaginando el contacto, deseándolo, temblando. Él aún no la ha visto, y es mejor así. Quiere besarle el cuello sudoroso, quiere repasar las venas de su brazo con el dedo, quiere juntar su pecho con el de él y estrujarlo, absorberlo, comerlo.
Cierra los ojos, inspira hondo, vuelve a abrirlos. Ya hay una veintena de vellones acumulados en la mesa de sorteo. Hunde las manos en el primero y con destreza separa las partes desechables de las que aún tienen algún valor. Uno a uno, los vellones van pasando por delante de ella, suavizándole las manos y el espíritu.
Habrá sorteado unos cien vellones al final del día, casi tantos como miradas, y esa noche, por mucho que la busquen, nadie en el pueblo avistará su sombra extendiendo lana a la orilla del río.

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