Paz Martínez- Urdidora de versos

Algo siempre se mueve cuando los versos conspiran. Carlos Attadía.

La Flor de los Surcos – por Ramiro Pinto Cañón (León)

LA FLOR DE LOS SURCOS – Nenúfar de los arroyos Para el certamen de “Erótica rural”. Sembrando Palabras. Necesité soledad para volver a los versos “Las flores del mal”, de mi poeta Baudelaire. Sí. No me concentraba en la gran ciudad. Toda poesía necesita de su hábitat, sin el cual es como una rata en un laboratorio. Elegí un pueblo al azar. Cualquier lugar adonde llegara un autobús. Busqué un sitio para alojarme. Un paisano me dijo que mirara, a ver, en casa de la tía Adelaida. Una habitación rústica. Una bombilla sin lámpara, una mesita, una silla, la cama, un armario con un espejo y un crucifijo en la pared. Todo de madera, como las vigas del techo. “Serán dos antorchas ambos corazones”. Descubrí aquel verso al asomarme a la ventana. Era muy temprano. Fue tal cual lo es un relámpago, cuando una señora miró hacia atrás y nuestros ojos chocaron en la distancia. Sin querer. Iba acompañada por un hombre. Ella llevaba una espuerta en la mano y él una azada. Cubierto estaba el cabello de ella con un pañuelo. El airecito mañanero lo convertía en una bandera con su rostro áspero, con surcos en el lateral de sus ojos, de piel morena y no suave. Rápidamente siguió su camino con su falda áspera y la camisa de cuadros. Me pareció el tallo de una flor y su cara la corola. “Logrará que estallen las flores de su mente”. Abrí la ventana para que entrara su aire, estuviera ella donde estuviera. Iba a esperar hasta su vuelta, sin otra pretensión que ver su rostro otra vez. Más despacio. Mis ojos necesitaron anclarse en los suyos, sin yo querer. El pálpito de mi corazón marcaba un ritmo de poesía. Seguí leyendo, sin conocer cuál puede ser el mal de una flor. De pie, como un soldado que vigila en su atalaya, oí el motor de los tractores y los vi. Antes el canto de un gallo. El ladrido de los perros, las puertas que se abren. Todo formaba un paisaje acústico y de luz. Vi las tierras en baldío, a la espera de la siembra o de que nacieran los brotes. Y en un surco de una de ellas, no muy lejana: Una flor abandonada. Dejada allá sin arrancar, sin su estación correspondiente del otoño tardío. “Tú me diste tu barro y en oro lo troqué”. Volvió aquella mujer. Con las playeras llenas de barro, el balde con hierbas, las que se dan de comer a los conejos. Me quedé mirándola. Su marido iba detrás con la misma azada, ahora apoyada al hombro. Ella torció su rostro y yo me convertí en Baudelaire. Fui a coger la flor. La flor del surco la flor, como su rostro surcado en el entorno de los ojos suyos. Acaricié su piel poco suave, pero estremecida. Aparté la distancia y me agaché, inclinándome para acercarme a la flor y besé sus labios de pétalos en flor. Apoyé mis manos entre los surcos y agarré el barro, tal que un alfarero da forma a su vasija curva, y mis labios se hicieron labios en sus labios de aroma, entre pétalos, estambres y pistilos en flor temblaba la flor y los surcos se llenaban de humedad. Hasta que un terremoto, no sé si de la tierra, de la mirada de ella o fue que tembló la flor: Se oyó el eco de un suspiro que gritó. A la mañana siguiente, antes de que cantara el gallo, antes de que saliera el sol me fui desnudo, de la mano de aquella imagen sin ropajes. No sé si es ella, si es la flor. O la poesía. Mais je suis Baudelaire.

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