Paz Martínez- Urdidora de versos

Algo siempre se mueve cuando los versos conspiran. Carlos Attadía.

La Conquista – por Gabriela Gorches (Francia)

La Conquista

Tras el encierro en las horas de sol, el frescor de la tarde le avivó los sentidos. Enseguida percibió esa especie de comezón deslocalizada, como corriente eléctrica picoteándole de pies a cabeza. Sintió erizarse todo lo largo de su cuerpo, como si anhelara algo. Hambre precisamente no tenía. ¿O sí? Un olor a hierba le atrajo hacia el vergel. Sus ojos se elevaron y aguzó la mirada: ahí estaba aquel ser angelical, masculino como escudo de guerrero, húmeda y ondulante como la cadera de una hembra. Imágenes de la primavera pasada comenzaron a exaltarle … guardaba la sensación de esa boca carnosa adherida a la suya, casi succionándole las entrañas. Habían empezado a rondarse hasta que se aproximaron tanto que sus siluetas se tornaron una, enredo suave, perfecto. ¿Cuatro?, ¿ocho horas habían permanecido enlazados? La noche que empezaba a extender su velo le nublaba la memoria, mientras los ruidos del campo se hacían ensordecedores. Aquel cosquilleo vibrante que había comenzado tímido aumentaba también sin tregua, estaba a punto de volverse insoportable: un paso mínimo los separaba. Ambos podían percibir el aroma del otro, la secreción del deseo despedida a través de sus pieles ya francamente empapadas. Avanzaron formando un círculo que se fue estrechando, despacio, sin perderse de vista y con la respiración entrecortada bailaron su danza de ritmo suave y a la vez frenético. De pronto sucedió, sin pensarlo se lanzaron mutuamente el flechazo, blanco, rígido y mineral, largo como una espina penetrante. Los dos conocían el poder afrodisiaco de aquel dardo; lo mismo, su letalidad. Le temían, por eso lo preservaban en sus adentros. Pero también fue de pronto que, tras demasiada excitación, demasiada espera, los tiros salieron desviados y al mismo tiempo alcanzaron el corazón contrario. Ambos seres se desaguaron sobre el verdor, inertes, rozándose…
De haberse logrado como la última vez, después del larguísimo abrazo habría seguido un banquete de hojas en el jardín. Y tras un par de semanas, los óvulos en sus adentros se habrían convertido en un medio centenar de huevos. Cada ser por su parte depositaría los suyos en un hoyo bajo tierra y a los pocos días, de una rasgadura en cada huevo, aparecería un centenar de pequeñísimos caracoles, hermafroditas como sus padres, pero de forma aún dudosa.

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