Paz Martínez- Urdidora de versos

Algo siempre se mueve cuando los versos conspiran. Carlos Attadía.

La casa del campo – por José Reinaldo Pol García (Lugo)

Cuando era adolescente, de unos dieciséis años, conocí a un joven de mi edad, año arriba o abajo. Nuestras citas eran en la plazuela de nuestro pueblo, ubicado en el medio rural castellano. Estábamos cansados de estar haciendo manitas en un banco de la plaza del pueblo y darnos furtivos besos, como palomitas que, sin prejuicios sociales, se besaban en el borde de la fuente del primer amor. Ninguno disponíamos de dinero, éramos estudiantes y nuestra paga semanal no daba más que, para tomar unos cafés y unas pipas. Nuestros ojos echaban chispas de deseo. Teníamos muchas ganas de conocernos íntimamente, pero, tampoco, aunque ahorráramos podíamos irnos a la habitación del único hotel que había en nuestro pueblo. No disponíamos de carnet de conducir ni euros para adquirir a plazo un coche. Mi amor tenía una bici. Una tarde preciosa le dije que, si se atrevía me subía en el cuadro y nos íbamos al mejor y más gratuito de los hoteles, el de habitación inmensa y toda ella decorada por naturales pinturas vegetales, las que pintó el Creador. Presto accedió. Nos fuimos en la bici y al poco, como nuestro pueblecito está rodeado de campo, estábamos lejos de las casas. En un sitio en que las cortinas eran un frondoso pinar . Dejamos la bici y, cogidos de la mano, nos metimos entre los árboles. La cama era muy linda, el mismo suelo, cubierta y tupida por las sábanas preciosas de una mullida hierba seca, pues era ya verano. Abrazados caímos sobre ese camastro, no para dormirnos y si para muy despiertos vivir esos momentos tan grandiosos que supone hacer el amor y más, como en mi caso, que era la primera vez. La música la ponían los pajarillos que trinaban y el arroyo que cerca corría. Cuando terminamos, después de aquel maravilloso orgasmo, quedamos fundidos en abrazos y besos en la mejor y natural cama , la que no tiene ni cobertores ni mantas pero si el palio más lindo, el de la copa de los verdes pinos. Muchas veces repetimos a aquel hotel campesino que no tenía muros ni puertas. Allí puedes gritar de placer sabiendo que a nadie molestas. Hoy, pasados los años, cuando practico sexo en mi dormitorio, al terminar suspiro. Mi pareja, que no es aquella, no sabe que son porque donde mejor y más placer sentí fue en la grandiosa cama del campo.

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