Paz Martínez- Urdidora de versos

Algo siempre se mueve cuando los versos conspiran. Carlos Attadía.

Jabón de Tocador y Medias de Cristal – por Valentín Cabero Diéguez (León)

Aquel suave aroma a heno y el perfume tan natural que desprendían las mozas los domingos y días de fiesta al entrar en la iglesia, transfiguraban al templo en un lugar embriagador y hasta placentero. En el mes de mayo, además, las chicas recogían flores silvestres (malvas, margaritas, violetas, amapolas, campanillas, lirios, lavanda…) que ofrendaban a la virgen y llenaban el lugar sagrado de una fragancia intensa; entonces los adolescentes y jóvenes quedaban aturdidos y azorados. Hasta el cura, revestido solemnemente para la misa dominical o patronal, desviaba de vez en cuando su mirada hacia las “hijas de María” que, junto a sus virtudes musicales y los vaivenes pectorales de su vigorosa respiración juvenil, ofrecían un halo estético de belleza, frescura y seducción. Algunas no dejaban de sorprendernos y de llenar nuestros ojos de imágenes ensoñadoras, pues estrenaban el día de la fiesta sus primeras medias de cristal, transparentes y nítidas, que cubrían sus piernas y pantorrillas con suavidad invisible y delicadeza, realzando sus figuras lozanas y atractivas.
Los jabones de tocador habían llegado a muchas casas, y sus agradables olores irradiaban con particular encanto y deleite los domingos en la iglesia. En el pueblo nadie tenía cuarto de baño o retrete, salvo la casa de la farmacéutica y la del médico. En estas circunstancias, el ritual semanal de lavarse el cuerpo en un balde, barreño o tina con agua templada y calentada en la paila de la cocina económica, estaba envuelto para las mujeres en su misteriosa y particular discreción, pudor y recato. Enjabonarse el cuerpo por partes y lavarse bien con la ayuda de una pequeña jofaina o palangana era un acto íntimo y cargado de sensibilidad. Y estrenar unas medias de cristal compradas en la mercería de la capital o al último buhonero que trajinaba pueblo a pueblo siguiendo el Camino de Santiago, se convertía en un trance iniciático lleno de fascinación. En esos días festivos, los perfumes o efluvios del jabón de tocador y la galanura de los cuerpos y piernas femeninas con sus medias de cristal inundaban la iglesia e invadían sensualmente nuestra imaginación juvenil.

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