Paz Martínez- Urdidora de versos

Algo siempre se mueve cuando los versos conspiran. Carlos Attadía.

Indefenso – por Laura Armario Gozález ( Huesca)

Aquella noche me sentía extraño. Todo me era ajeno. Me encontraba como al despertar de un profundo sueño; en ese letargo tras el que no reconoces el espacio que te rodea, cuando han de pasar algunos segundos para recuperar tu
centro y tu memoria.
Me levanté. La habitación me asfixiaba. Mi cuerpo ansiaba aire. Necesitaba bañarme en la brisa, que mi sudor se absorbiera en el contacto con la noche fría.
Salí al raso y, tras algunos minutos de quietud y soledad, decidí atravesar la huerta paterna en dirección al corral. Mis pisadas se hicieron titubeantes. Mi figura temblaba al contacto de la intempestiva brisa. Nunca antes había sentido
mi cuerpo de aquella manera: la conciencia que obtenía de su contundente presencia me recorría de una forma efervescente, mientras, paralelamente, se disolvía en el tiempo y en el espacio. Tal contradicción me perturbaba.
Al llegar, miré el reloj. Eran las cuatro de la mañana. Fue entonces cuando me rozó. Sí, era otro cuerpo junto al mío; pude notar en él la misma efervescencia, esa que se estaba apoderando de mí en esa inquietante noche. Me sentí atrapado y liberado al unísono. Pero, tras la sacudida, llegó la búsqueda. ¿Dónde se había metido? Todo mi ser me señalaba que estaba cerca, imponiéndose en mí el ardor y el deseo. Ambos me impulsaron a correr hacía la casa casi como un loco. Parecía una res perdida, desesperada por encontrar refugio ante un peligro inminente, un peligro amenazante de muerte, ¿o quizá de resurrección?
Ya en mi habitación, la ansiedad me devoraba. Sólo tenía una opción: rendirme.
Durante el azote de aquel orquestado desconcierto todo era enredo de cuerpos, maraña de cabellos rodeándose con goce, con pasión: un vaivén confeccionado con el fervor de un innato don para la improvisación. Pero la tempestad de aquel goce infinito cesó. La calma se acostó sobre nuestros cuerpos. Volví a sentirme fuera de mi refugio. Sin las sábanas sobre mí percibí mi desnudez rodeándome
con frialdad. Estaba indefenso.
Una voz seca atrapó mi indefensión y la envolvió de puntiagudo terror: ¡gírate para verte! Entonces la vi. Ahí comenzó todo, el final y el principio de mi existencia.

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