Paz Martínez- Urdidora de versos

Algo siempre se mueve cuando los versos conspiran. Carlos Attadía.

Imágenes – por Merche Isabel Cleto (Madrid)

El sol de las cuatro de la tarde aporreaba las ventanas pero las persianas, valientes, paraban el ataque. En la habitación en penumbras, el hombre casi desnudo miraba hipnotizado la televisión. El sofá azul recogía sus más mínimos movimientos. Las primeras imágenes que habían aparecido correspondían a un grupo de maduritos y maduritas que saludaban al objetivo, mientras, una pareja se alejaba. Alixia y él. Sus primeros besos, llenos de sorpresa, ansiedad y susto, recordaba. Como sus cuerpos se buscaban y a lo lejos, sus nombres gritados por el resto que marchaban al pueblo. Al separarse, se habían mirado preguntándose cómo podían haber respirado sin el otro, durante tanto tiempo.
El hombre buscó otra carpeta en el usb que asomaba en un costado de la pantalla. Sabía que era el regalo que ella le había dado para estos días tontos. Cuando ella posó rodeando el Palacio de Astorga, no sabían que estaba enferma. No habría sido igual.
Riendo, aparecía llenando el monitor, vestida con una gabardina en aquella fría mañana de octubre con sus brazos, cerrando la resbaladiza tela. El hombre acercó su mano derecha al corto pijama y la sumergió tras la suave goma que cubría su cintura.
En la siguiente foto, Ali mostraba su cuerpo desnudo dentro del abrigo abierto, feliz de ver la lujuria en los ojos del fotógrafo. Sus pechos, algo caídos por la edad, sostenían la mirada del solitario mirón. En el comedor, la mano había agarrado el turgente miembro viril al revivir ese frío seductor.
Las siguientes imágenes captaban los divertidos movimientos de su reina. Ella jugaba con la prenda y su blanca piel, escondiendo y mostrando partes de su anatomía cual puzle de un cuerpo perfecto, pues así veía él a su amor. El reportero fotográfico, recordaba ahora, sufría y reía con el calentón por tan original baile.
Su mano hoy se movía bajo la ropa veraniega provocando que los mudos jadeos llenasen la estancia. El lienzo de ella. Solo su rostro mostrando lengua juguetona en la serie de fotogramas tocando sus blancos dientes, después su boca entreabierta o susurrando una profunda o, le hizo explotar vertiendo, entre sus dedos, el semen que tanto echaba de menos a la musa de sus deseos.

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