Paz Martínez- Urdidora de versos

Algo siempre se mueve cuando los versos conspiran. Carlos Attadía.

Helado de Nata y Menta – por Manuela Bodas Puente (León)

Desde que la vislumbró, no pudo apartar los ojos de ella.

            En el anuncio ponía que la casa rural estaba más o menos a cuarenta kilómetros de la carretera general. Ya estoy más cerca, pensó mientras recolocaba el retrovisor izquierdo. Ahora transitaba por una comarcal más bien estrecha, menos mal que el tráfico era prácticamente nulo. La exhuberancia del bosque bajo que corría paralelo a la trayectoria del vehículo era una invitación a paladear aquellos verdes con sabor a menta y los marrones con sabor a avellana. Recordó el chocolate resbalando por su cuerpo orondo, con las curvas bien puestas, rezumando voluptuosidad por las laderas de aquellas cumbres macizas y exactas.

            Tuvo que dar un volantazo para volver al trazado de la carretera. Notó una corriente interna que desembocaba en el monte de la diosa. Espantó con su mano derecha aquel vendaval de luces que se estaban produciendo en su cerebro. Se cruzó con otro vehículo, eso hizo que se hiciera un poco de calma en el torrente de aguas desembocadas que afluían por los costados de sus pensamientos.

            Rodó durante un rato con tranquilidad, observando el paisaje ahora calmado que le ofrecía el viaje. De pronto, al bajar una cuesta, la vio, allí estaba, delante de ella, inalcanzable, armoniosa, llena del misterio de la primera vez.

            Aminoró la marcha, se hizo a un lado del camino y aparcó. El corazón era un helado de nata y menta que se derretía ante aquella imagen. Perfecta, exacta, llena de matices sensuales que convertían su visión en perfecta y única.

            Se sentó en el suelo, notando como su corazón regaba de nata y menta aquella conmoción de emociones.

            Era un momento exclusivo, nadie más contagiaba la escena. Solamente el sol, ponía la nota de luz al instante.

            Y se dejó llevar, miró el horizonte recortado por aquella silueta de diosa a la espera de la eclosión final.

            Cuando volvió al coche, era como una vida nueva, resurgiendo del placer, de la lucha por haberlo conseguido.

            ¡Si! Se dijo, he podido ver a la montaña mujer cuando el sol calienta sus pechos.

                                                                                              

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