Paz Martínez- Urdidora de versos

Algo siempre se mueve cuando los versos conspiran. Carlos Attadía.

Habitación 102 – por Lidia Ramallo Sánchez (Lugo)

Cargado con una mochila repleta de herramientas de trabajo llegué al hotel. Estaba ubicado en una casa maragata de grandes dimensiones, con cubierta de teja árabe y amplia fachada de piedra. Llamaba la atención el gran portón claveteado, y tras él, un patio central donde se podía observar un pozo y unas escaleras que subían al corredor. Me acerqué a la recepción en la que se encontraba una mujer de mediana edad. Su uniforme atemporal, compuesto de falda azul marino por debajo de la rodilla, camisa blanca y zapatos planos, no le restaba un ápice de sensualidad. Al verme, echó un vistazo al vestíbulo completamente vacío y se levantó un poco la falda. Mientras comprobaba los datos de mi reserva sus dedos se desabrocharon dos botones de la camisa, los justos para dejar a la vista el encaje blanco del sujetador. Con una sonrisa pícara abrió un poco las piernas, provocando que la falda se subiera aún más, mostrando unos muslos suaves y apetitosos. No podía dejar de pensar si debajo de esa falda que no paraba de menguar me encontraría unas braguitas seductoras o solo su piel. “Habitación 102”, dijo alargando su mano para ofrecerme la llave. Un poco descolocado la cogí y nuestros dedos se rozaron. “Sí que las llevo. Son blancas”, susurró. Si quieres verlas te las enseñaré, mi turno acaba en media hora.
No supe qué contestar. Flotando me dirigí a mi habitación, sin poder creer lo que acababa de pasarme. Como buen ebanista amaba las cosas bellas y aquella mujer lo era. Entré en el dormitorio y abrí la ventana, necesitaba un poco de aire frío para poder reponerme de tanta excitación. El murmullo del río Turienzo deslizándose sobre las piedras me relajó. Entré en la ducha. Sobresaltado recordé que en ningún momento la recepcionista me había dejado ver su mano derecha. ¿Llevaría alianza?. Cerré los ojos deseando que no fuera así. Unos labios se deslizaron sobre mi espalda. Me giré y allí estaba ella, en ropa interior. Agarré sus manos con suavidad y comprobé que llevaba anillo de casada. Por suerte, tenía mi nombre grabado.
“Bienvenido a casa, cariño”, musitó mientras me besaba.

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