Paz Martínez- Urdidora de versos

Algo siempre se mueve cuando los versos conspiran. Carlos Attadía.

Gitanos – por Jaime Bergamín Leighton (Venezuela)

Vamos tras el oro profundo del Valle Central, a pasos de la Araucanía. Zona huasa aún, con jinetes dormitando el paso del regreso a casa, las riendas sueltas, confiados en su montura que conoce la ruta. Tarde de verano tardío, sol que se toma todo el horizonte antes de convertirse en ocaso. En la ruta, el camión de ocho ruedas y remolque, pesado y arrogante, trasiega el mosto en su primera fermentación rumbo a las procesadoras que, unos cientos de kilómetros mapa arriba, se convertirán en elegantes vinos de poderosas etiquetas. El niño se abandona al paisaje. En el cielo, una luna llena amarillea el suelo, los árboles y los rostros. Recorta sombras que agregan irrealidad a una realidad tan única, que es difícil no aceptarla en esas horas embrujadas. Río de verano, lecho ancho, arena blanca y un caudal que se retuerce entre las piedras. Todos parecen conocer a su tío que reparte a destajo el áspero pipeño –son veintiún mil litros entre el camión y el acoplado…unos cuanto menos ni se notan- Los gitanos llenan botellas, vasos y otros receptáculos. Los niños lo contemplan desde lejos, con reserva.
Las niñas se secretean mirándolo con aire divertido -…tienes el pelo amarillo, como yo, y con rulos, como yo- Sonrisa pícara, subrayada de collares, camisa escotada aun sin busto que revelar, manos que ondulan siguiendo la música, esa larga falda que le ofrece la visión fugaz de unos dedos diminutos de sandalias someras y ágiles. Busca con la vista a su tío, perdido en el sarao. Descubre que le preocupa más que lo sorprenda en ese instante suspendido en la duda y el placer, que la búsqueda de un refugio ante lo desconocido. Le sorprenden lo natural de sus actitudes, lo desprendido de su trato, niños y niñas divirtiéndose juntos en un baile que, si bien no tiene la perfección del que se realiza unos metros más allá, tiene el salero de la costumbre y la memoria heredada. Intentan hacerlo bailar, se queda amurrado la cabeza inclinada, espiando a ras de cejas. Dos niñas lo toman de la mano, suave pero decididas y lo llevan a un lugar más sombrío. Son hermosas, se mueven con gracia pero, sobre todo, con una naturalidad que derriba las pocas barreras que podían quedar en pie. El niño siente el calor de cuerpos y manos que no son las de su madre, manos de niña con mucho de mujer que lo sorprenden, lo recorren y lo desconciertan…Bailan en una oscuridad saturada de irrealidad, se acercan al río, se desvisten, se bañan…

—¿Tío, esa gente, los bailes, la luna…eran de verdad?

—Solo la luna, mi niño, solo la luna

2 comentarios sobre “Gitanos – por Jaime Bergamín Leighton (Venezuela)

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