Paz Martínez- Urdidora de versos

Algo siempre se mueve cuando los versos conspiran. Carlos Attadía.

Forastera – por Clarisa Pérez Camargo (México)

Estoy en medio de la nada. Lo extraño, su cuerpo, su aroma, su presencia, mi fuga, nuestro entendimiento. Está en mis pensamientos más que nunca; temo
defraudarlo, pero temo más a defraudarme a mí misma. El lugar en el que estoy es apenas soportable. La gente es amable, y si me comprometo puedo ser agente de la transformación estructural. Me hallo en la sierra.
Hace frío. El café hasta curtir la lengua es lo único tolerable. Tengo ansiedad disfrazada de dolor. No puedo vaciarme de la misma forma que podría hacerlo en el pasado. Siento un síndrome muy cercano a la abstinencia. Ahora me encuentro condenada al ascetismo, pero no termina de disgustarme. Hay un caudal de experiencias por librar aquí. Quiero sentir la libertad de no estar atada al amor. Pero tengo una necesidad muy honda que me hace sentir que no logro soportarlo. No tengo ya expectativas en nada. No soy feliz ni infeliz. Hay algo de frustración y reto.
Esta distancia es un paraíso doloroso, un dolor agradable, una instancia masoquista. Amar, no amar. Esto se ha hecho extraño para ambos, entre más minutos estoy aquí más trato de autoengañarme un poco, ser propositiva con lo que me convence diariamente, quizá es un tanto hipócrita.
Esta mañana un gallo me despertó alrededor de las cinco de la mañana.
Resulta un despertador pintoresco. Todo estaba helado. La neblina comienza a caer desde media tarde, y a medida que avanza, los huesos forasteros comienzan a calarse muy hondamente. Las palpitaciones en mi cuerpo se aceleran, una parte de mí siente la cercanía de la muerte.
El frío entra por las rendijas; la niebla ha caído anticipadamente. Los pies helados no logran calentarse. Me queda grande este deber. Caminé por el cerro de regreso de alimentar a los mozos. Unos bichos venenosos de invierno salen con el maíz y se esconden entre las mazorcas. En el camino, se traen yerbas para cocinar, las brasas me calientan. La gente de aquí tiene que ser disciplinada para hacer rendir el día y sobrevivir en la tempestad. El agua abunda, limpia, cristalina, baja del cerro con una intensidad que haría envidiarse en la ciudad.
Mi nariz fría. Las manos temblorosas. La espalda encogida. Es cierto, comienzo a desear el calor de un hombre.

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