Paz Martínez- Urdidora de versos

Algo siempre se mueve cuando los versos conspiran. Carlos Attadía.

Esencia de Ajos – por Matilde Bello Orozco (Barcelona)

Llevaba quince minutos caminando en círculos para sofocar la calentura que pellizcaba sus ingles. Sentada junto al río, Lucía elaboraba ristras de ajos ajena al fervor que, cincuenta metros más atrás, despertaba en su joven vecino
quien, concentrado en la devota labor de espiarla, se veía incapaz de contener la lujuria que ardía, inconfesable, bajo el pantalón.
Al calor de unos muslos que bajo la falda fantaseaban quién sabe con qué caricias hambrientas de piel tibia, la mano derecha de Lucía aprisionaba las tres cabezas para dar inicio a la trenza. Fernando reparó en un mechón de cabello que hizo un quiebro a la coleta y se liberó para insinuarse en la mejilla, ella lo llamó al orden tras el lóbulo de la oreja. La boca, bien dotada para el verbo fácil y la insolencia, mordía sus propios labios envenenándolos con su aliento, dejando en ellos una lasciva provocación que anulaba el entendimiento.
Sus manos ataron la base de la ristra y revolotearon, irreverentes, por los tallos de los ajos. Con un tacto mimoso los meció entre sus dedos, domesticó los pliegues insurrectos que se postulaban a la codicia. Empezó a unir cada pieza
a la ristra hasta obtener un trenzado de perfecta simetría. Fernando miraba embelesado. Le quemaba el alma privado de aquellas manos artistas.
Lucía se desperezó sensual curvando la espalda como un gato. Estiró un brazo por la nuca, perfiló la silueta de la clavícula y exploró el nacimiento del pecho.
Fernando, famélico de contacto, la siguió voraz en su juego. Buceó por aquel escote, se abrasó de intenciones urgentes, de besos que galopaban desbocados por un valle de agonía florecido de anhelos frustrados.
De pronto la joven cogió las ristras. Se marchaba, y él en ese estado. Tuvo que darse la vuelta para no descubrir la impúdica rebelión de su deseo desatado.
-¿Fernando? –Dijo ella al pasar por su lado-. ¿Y esos ajos?Quería aprender a hacer ristras y tu madre me dijo que estabas en el páramo.
-Ah –contestó ella sin más. Y allí, a la sombra del mismo ciprés que antes lo
había ocultado, Fernando ardía de proximidad mientras los tallos de los ajos lo torturaban con un delicioso calvario.

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