Paz Martínez- Urdidora de versos

Algo siempre se mueve cuando los versos conspiran. Carlos Attadía.

Eros y Psique – por Víctor José Castillo Bellido

Entre caminos polvorientos y vestigios romanos. Entre puentes de piedra y patios empedrados. Entre miradas de recelo y campanarios herrumbrosos. Así se amaron.
Cuentan que se conocieron en la infancia. Por un lado aquella chica, la mas bonita de la comarca. Por otro lado aquel chico, el menos agraciado del lugar. Nadie lo suponía. Nadie se percató de ello, pero cuando se miraban el tiempo se detenía.
Muchos pretendientes llegaban desde otros pueblos para regalar los oídos de aquella muchacha, la mas pequeña de tres hermanas. Unos venían con bellas palabras y otros anunciando nobles intenciones. Pero ella sabia que mentían; que solo ansiaban su belleza, sus encantos, sus sinuosas curvas y sus contorneadas caderas. Aquellos eran lobos con piel de cordero, animales que solo buscaban saciarse entre sus piernas como hienas que meten el hocico en un cadáver fresco sin importarles el como, sin importarles el porque.
Nadie conocía su secreto. Para ella solo existía El. Solo su amor.
En las noches de luna llena, cuando los brezos y las encinas se cubrían de plata y los lobos ocultaban sus dorados ojos entre la maleza, ellos se cogían de la mano y se escapaban del pueblo amparados en las sombras de la noche. Y entonces corrían y corrían rompiendo con sus risas el silencio de la madrugada hasta que se acostaban bajo aquel centenario roble. Allí, entre sus raíces, se despojaban de sus ropas. Allí desnudaban sus cuerpos y sus almas; allí se fundían en uno mientras su piel palpitaba embriagada por el torrente de sangre que fluía de sus corazones llenando cada centímetro de su ser. Sus labios se fundían, sus bocas se convertían en aduanas y sus lenguas en centinelas que sellaban el salvoconducto a su propia lascivia.
Se miraban, se tocaban, se besaban, se mordían, jadeaban y cabalgaban entre la naturaleza rural; mudo testigo de aquella desbordante pasión que cada noche engendraba un temblor, una oleada de placer que nacía en sus vientres y subía por sus vísceras implosionando en un orgasmo capaz de hacer temblar la tierra que les vio nacer.
Cuentan que en aquella lóbrega madrugada, justo después de la medianoche, cuando los goznes de las puertas se cerraban en la aldea, las estrellas titilaron con una fuerza deslumbrante y el viento del oeste, aquel céfiro de la antigüedad, arrebató el sudor de sus cuerpos mientras depositaba en su vientre la semilla de un nuevo despertar. Una esperanza que se gestaba en forma de mujer; el anhelo de una nueva oportunidad.
Aquella niña a la que pusieron por nombre… Deseo.

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