Paz Martínez- Urdidora de versos

Algo siempre se mueve cuando los versos conspiran. Carlos Attadía.

Ensoñación – por Sol Gómez Arteaga (Madrid)

El hombre permanece mirando a través del visillo de la ventana el jardín cubierto de maleza. Un jardín oscuro y abandonado donde la ve, sentada, mirándole, vestida tan solo con su bata de seda y flores anudada a la cintura. Es joven y hermosa como una primavera, tanto, que a él se le antoja una flor más, pero entonces el jardín no es un jardín desastrado, sino armónico. Se acerca, con la yema de sus dedos le toca las rodillas, las besa, sigue avanzando por sus muslos interiores mientras la mujer se estremece y gime, sin oponer resistencia. Cuando llega a su sexo húmedo como el interior de una fruta fresca, lo separa con los dedos, hunde su lengua en él. Ella grita y se tapa la boca con el dorso de la mano que muerde hasta dejar marca. El hombre nota como su verga crece, se inflama. Pero empeñado en el goce de ella, ralentiza el momento de tenerla, y sigue avanzando por el mapa aterciopelado de su cuerpo. Sube por su monte de venus hacia su vientre, avanza hasta sus senos, muerde sus pezones, llega a su cuello y cuando alcanza su boca, abierta en un rictus de deseo contenido, la besa profundo. Su sexo, ahora sí, se hunde en el sexo de ella hasta alcanzar su gloria. “Ahí, ahí”, le susurra la mujer al oído, abrazándole dentro. Con los cuerpos pegados se golpean, una y otra y otra vez. El hombre se da cuenta que nunca gozo así, que nunca gozo tanto. Y le dice algo que nunca dijo, le dice que siente por él, pero también por ella. Que siente por los dos. Esta escena se repite a diario frente a la ventana tamizada por los visillos de hilo de ese lugar remoto y abandonado y solitario de la Maragatería al que decidió exiliarse para pasar el resto de sus días, esperando no sabe qué. Así le encuentra Diego encorvado, convertido en la sombra de lo que fue, cuando entra en la estancia en penumbra. Al notar una presencia, el hombre se gira como volviendo de un lugar muy remoto, pero al encontrarse con los ojos color canela del muchacho y reconocerse en ellos como en los suyos propios, no vuelve, sino regresa. -¿Qué es lo que desea? Poco antes de morir ella le pidió que le buscara, y es lo que está haciendo. Le muestra la foto de una muchacha con una bata de seda y flores, hermosa como una primavera.

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