Paz Martínez- Urdidora de versos

Algo siempre se mueve cuando los versos conspiran. Carlos Attadía.

Ellas, Las Que Esperan – por Barbarella D´Acevedo (Cuba)

Lo amábamos porque tenía los ojos azules, el lunar en la barbilla y esa expresión perenne de estar siempre lejos, o en otra parte. Llegaba justo a la medianoche, para colarse en mi cuarto, cuando ya se habían apagado lámparas y velas. Yo podía ver en la oscuridad solo su mirar claro de cocuyo. Luego la Luna se introducía por las hendijas de las paredes de madera. La Luna, en su aparición cómplice y oportuna, me ayudaba a adivinar ese cuerpo suyo tan firme que me hacía temblar al presentirlo.

Su voz, más antigua que cualquier idioma, pronunciaba mi nombre bajito, o un nombre cualquiera y después no volvía a decir otra palabra. Nos llamaba al taburete donde ya se encontrara desnudo, para sentarnos arriba de sus muslos… Mi ropón ligero se empapaba en sudores. Mientras él me acariciaba entera de arriba a abajo y aspiraba mi olor.

Los grillos hacían su cric, cric en los rincones. Entonces de pronto ya podía verlo, su cara y esa boca que yo buscaba antes a ciegas, hasta en los sueños. Pues su saliva me conducía a la locura, aunque muchas veces preservara cierto gusto a tabaco, y a café, o a ron y quizás a las bocas de otras. Sin aviso previo con una sola mano levantaba mis nalgas en el aire, en tanto no dejaba de besarme. Cric, cric. Nos entreabría las piernas para obligarnos a caer sobre su sexo. Y resultaba como sentarse en la punta de una Palma Real. Abrirse primero al dolor y después, muy despacio al placer, como si la vida no conociera otros sentidos, o no hubiésemos nacido más que para esto. Ni siquiera precisábamos movernos. Él y yo jugábamos, a estar muy quietos… Y siempre, sin que yo lo esperara, comenzaba a tocarme como uno de esos viejos acordeones de retretas y ferias. Una mano en mi seno, y otra enredándose en mis dientes y lengua. Un dedo entre mis piernas y otro por detrás, justo ahí, y otro y otro… Como si tuviese muchas manos, muchos dedos.

Entonces yo lo besaba en su lunar. Pero todavía no nos movíamos. Me libaba en la mayor quietud y sin prisas, ya que una noche podía durar varias madrugadas. Hasta que de súbito, cuando yo no podía mas con tanto goce, alcanzaba a sentir como él me devolvía los jugos que me hubiese robado. Justo entonces dejaba por fin caer mi cabeza en su cuello. Y llegaba el descanso. Y también un vacío. Una especie de tristeza. Después él se iba, otra vez invisible, se extraviaba en el amanecer, con ese su mirar color de cielo.

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