Paz Martínez- Urdidora de versos

Algo siempre se mueve cuando los versos conspiran. Carlos Attadía.

Ella – por José Luis Hernández Castellanos (Cuba)

Mi padre más nunca me habló de ella. Su nombre se convirtió en algo extraño, en una nube gris, en un olvido involuntario, pero ineludible para la mente, según él, mientras estuviéramos trabajando. Cada mañana yo me levantaba temprano y entraba al establo para remover el forraje que a las vacas yo les mantenía fresco. Por lógica, y aunque él no quisiera, la mente se me iba, me transportaba,
y me parecía verla con aquel pulóver blanco, ajustado al cuerpo, donde se le podía distinguir ––al menos yo–– la base de sus pezones oscuros. Ya había pasado muchos meses, y no había modo de cómo quitármela de la mente. Mi padre, hasta de lejos, me veía en el campo cumpliendo con mi responsabilidad: yo sembraba el maíz, revisaba el estado de la yerba para el forraje nuevo y ordeñaba a las cabras, que era también trabajo de ella. Es decir, mi padre me obligaba a olvidarla, y el campo, por sí sólo, me la devolvía justo como la tuve antes de irse. ¿Por qué se fue? ¿Por qué abandonó el campo? Mi padre nunca me lo explicó. Jamás fue tan explícito conmigo. No sé si fue porque un día me vio abrazado a ella. Por eso la tengo como un trofeo eterno en lo más sublime de mi mente. Ese día fue distinto. Estaba lloviendo. Estábamos solos en el interior del establo. Tampoco me había dado cuenta que se había colado entre
nosotros una nube de empatía, a tal punto que simulamos falsas miradas y era otra cosa; era ya el despertar de un amor idílico, una fantasía preparada para ser eterna. Ella me besó cuando le dije que era bella, quizás más bella que la
luna. Me volvió a besar. Yo la toqué, la rocé; sentí un sumiso y ligero calor en su piel, a pesar del frescor producido por la lluvia. Tanto fue, que, en realidad, los días pasaban y más queríamos estar juntos. Sus ojos, del mismo tono de esa
agua que llega vencida a los brazos silenciosos de la orilla, fueron el néctar para quererla siempre. Mi padre supo que ya yo la quería. A los meses, plena siete de la mañana, yo cogí el tenedor para echarle el forraje a las reses. Había sentido un escalofrío momentos antes. Una mano me tocó por detrás, por la cintura. Era el mismo calor de aquella piel. Me volví, porque ella también había vuelto de otro mundo. No dije nada. Ella tampoco. La besé. La apreté. Allí, sin importarme mi padre, la desnudé. Sus senos, sobresaltados en su punta, como despiertos, miraron hacia mí. Yo los atrapé. La penetré, tanto como ella intentó no escaparse
de mí cuando me dijo sabes que te amo; ya no me voy más.

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