Paz Martínez- Urdidora de versos

Algo siempre se mueve cuando los versos conspiran. Carlos Attadía.

El Río que Mece – por Iera Lorente Tomé (Cantabria)

Llegaba el final del verano, los últimos días en el pueblo con la libertad de vivir sin reloj. Tras meses de cruces de miradas, por fin estábamos solos, junto al río, ya había anochecido. Sobraron las palabras, esas ya habían tenido su
momento y ahora queríamos sentirnos la piel. Se notaba ya el frío de Castilla, ese que aparece cuando cae el sol aunque el día hubiese sido de lo más soleado.
Sus brazos me rodearon y en segundos estábamos ya muy cerca. La vergüenza me hizo ruborizarme y bajar la cabeza durante su abrazo y no mantenerle la mirada. Tal vez por su intensidad, tal vez por esos nervios de vivir lo tantas veces imaginado.
Tras unos momentos así, entrelazados, dimos un paseo por la orilla del río. La tranquilidad de un pueblo, con sus grillos, sus luciérnagas, sus ruidos en ese silencio y su privacidad cuando te sumerges en la naturaleza. Vimos una pequeña barca y me ofreció dar un paseo.
Una vez a bordo, remó un poco para alejarnos del centro del río. En unos minutos se detuvo, estábamos en una zona salvaje. A las orillas solo los árboles eran testigos y en el cielo, un gran manto de estrellas.
Se sentó junto a mí y me besó apasionadamente. Esos momentos parecían detener el tiempo, solo notaba el suave mecer del río, estábamos en una deriva de ensueño. Tenía tanto calor que me quité la chaqueta, él sonrió y se quitó la
camiseta. Los besos se acompañaban con caricias y la intensidad creció.
Parecía que nos estábamos transformando en una sola unidad, las ganas estaban ganando a todo lo demás, al tiempo, a los pensamientos, ya no cabía nada más porque nuestra barca estaba llena de amor. Ojalá el mundo se redujese a nuestro espacio, simplicidad, sentimientos a flor de piel que iban in crescendo.
Más tarde, hicimos que la barca se meciese a nuestro propio ritmo y luego nos tumbamos abrazados para observar las estrellas en silencio. Sus ojos brillaban y mi sonrisa se convirtió en un dulce beso rápido en su mejilla. ¡Qué bello es
vivir!

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